Y al final... la gresca sigue igual


Existe una ley no escrita del comportamiento electoral que indica que es muy difícil derrotar a quien gobierna, incluso cuando su balance es rematadamente malo, si no existe una oposición capaz de ofrecer una verdadera alternativa, lo que exige haber cumplido al menos, razonablemente bien, tres cometidos: mantener una firme denuncia de lo que el gobierno no ha hecho o ha hecho mal, ofrecer un programa diferente y atractivo y plantear una oferta creíble de gobierno.

Es su ausencia la que explica que con ejecutorias sencillamente inanes (mucha propaganda y escasísima o nula dedicación a los problemas de sus ciudades), traducidas en una valoración ciudadana mala o desastrosa de sus gestiones respectivas, en dos de las tres capitales gobernadas por las Mareas (A Coruña y Santiago), los alcaldes vayan a repetir gobierno, según la encuesta de Sondaxe, que indica que solo en Ferrol habría cambio, y por los pelos, al perder el PSOE un concejal a favor de Ciudadanos.

Sin dudas en Vigo (donde el PSOE volvería a arrasar) y Pontevedra (donde el BNG mantendría la alcaldía sin mayoría absoluta) únicamente la carrera en Ourense y Lugo sigue abierta: en la ciudad de As Burgas, todo dependerá, como hasta ahora de Democracia Ourensana y en la ciudad de la Muralla la cosa podría reducirse al lado (izquierda o derecha) del que caiga un concejal.

Con la excepción de Vigo, donde un localismo rampante ha asegurado a Caballero una mayoría absoluta insólita en España, habría, en todo caso, una línea de continuidad en los ayuntamientos de lo que, no sin cierta exageración, hemos dado en denominar las siete grandes ciudades de Galicia: en ninguno se gobernaría con mayoría absoluta y en todos se mantendrían las inestables coaliciones de dos o tres partidos, o los equipos de gobierno en minoría, que se han traducido los pasados años en constantes conflictos políticos que, sin duda, han degradado la calidad de su gestión.

En las siete ciudades ha aumentado el pluralismo interno de sus corporaciones, pero es general la impresión de que esa atomización de la representación, en la que no pocos ven un avance democrático, se ha traducido en una caída de la eficacia de las políticas públicas de los ayuntamientos. Existe, de hecho, una evidencia manifiesta: que el espectacular progreso económico, social y cultural que, aunque con diferencias, experimentaron durante años y años los municipios gallegos (y entre ellos los llamados siete grandes) fue el resultado en grandísima medida de la existencia en ellos de equipos de gobierno mayoritarios, estables y cohesionados, que se dedicaban a gobernar y no a las actuales jerigonzas, a las que obliga la situación de minoría y constante gresca en la que, siendo el objetivo del gobierno local sobrevivir, los problemas vecinales pasan a un segundo, tercero o cuarto plano. Porque en esas condiciones gobernar es, ¡ay!, lo menos importante.

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Y al final... la gresca sigue igual