Pirenaica


Vengo de un viaje largo con casi tantas etapas como las que cubre Ander Izagirre en su último libro: Pirenaica (geoPlaneta). Mis etapas y las suyas eran parecidas en tiempo, pero no en kilómetros, de modo que mientras yo hacía unos cuantos miles en avión, Ander pedaleaba apenas unos cientos. Pero con cuánta envidia le leía pedalear pegado a la tierra o al asfalto, bordeando barrancos y atravesando desfiladeros, dejándose los riñones en rampas imposibles o bajando feliz con cuidado de no atropellar pájaros ni zorros, porque la bici es muy silenciosa y los animales están acostumbrados a señorear el asfalto de las carreteras olvidadas.

Si no han leído Pirenaica tienen muchísima suerte: todavía están en condiciones de estrenarlo página a página, kilómetro tras kilómetro, y compartir paisajes e historias (quizá los gallegos le discutiríamos a Izagirre la interpretación, atrevida y algo desconsiderada, del mito compostelano). El lector podrá saborear charlas y sensaciones trasladadas al papel con una naturalidad y una limpidez que espantan. Ander Izagirre ya lleva muchos libros y premios -con el penúltimo, Potosí (Libros del K.O., 2017), ganó el Euzkadi de Literatura-, pero quizá se encuentren en esta obra algunas de sus mejores páginas.

Puestos a elegir, me apuntaría al arranque, cuando intenta transmitir las sensaciones del comienzo del viaje, y a la primera etapa, repleta de carreteras inútiles construidas por peones esclavos y desnutridos, por las que asoma de repente un Lance Armstrong jovencísimo que demuestra, llegando el último, lo que un día podría ser. Y el final, un final que se enrosca hasta prolongarse en una última subida inútil, graciosa y sorprendente.

@pacosanchez

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