Un problema enquistado que no es un juego

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En el 2015 en España hubo 15.676 admisiones a tratamiento por tomar cannabis. El incremento responde a una banalización del consumo de cannabis y sus derivados (marihuana, hachís, aceites) y la pérdida del miedo a los problemas de salud y psiquiátricos que genera esta droga. Según la OMS, el 50 % de los que lo hacen a diario acabarán siendo dependiente. Esta desinformación sobre los efectos reales se deben a las fake news lanzadas y financiadas a diario por la potente industria del cannabis, que han inoculado en la población (políticos incluidos) la falsa creencia de que el cannabis no es adictivo y que tiene efectos beneficiosos en la salud, cuando las indicaciones terapéuticas de las sustancias obtenidas de esta planta (THC, CBD y CBN) son mínimas: paliar el dolor y espasmos musculares de enfermedades degenerativas como la esclerosis múltiple o la esclerosis lateral amiotrófica, combatir la falta de apetito y eliminar las náuseas asociadas a ciertas enfermedades o tratamientos, como algunos casos de cáncer, sida o quimioterapia. Por el contrario, las consecuencias del consumo -que en un 90 % de los casos se hace mezclada con tabaco- son especialmente graves y van más allá del daño cardiovascular y respiratorio y del riesgo cancerígeno, que puede aparecer a largo plazo. Uno de los mayores problemas son los efectos psiquiátricos a corto plazo. Se estima que el 10 % de los consumidores acabarán teniendo un brote psicótico. En cuanto a los trastornos del estado de ánimo, se asocia el uso diario de cannabis en mujeres jóvenes con un riesgo de presentar ansiedad o depresión más de cinco veces mayor que en las no consumidoras, y se sugiere que el uso frecuente en adolescentes duplica el riesgo de aparición de ansiedad o depresión más tarde en la vida. También son comunes las alteraciones cognitivas, lo que provoca un menor rendimiento académico y laboral. Además, provoca una afectación psicomotora con disminución de reflejos, reducción de movimientos... lo que repercute, por ejemplo, en la conducción.

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Un problema enquistado que no es un juego