El último telegrama. STOP


A punto de sonar las doce del 30 de abril pasado, Francia envió el último telegrama de su historia. Fue un gesto silencioso, comunicado a través de un tuit que sonó como el epitafio de una época. Christophe Ndi, trabajador de la multinacional Orange, fue la persona encargada de confirmar la defunción oficial de un servicio gestionado en los últimos tiempos por el operador de telefonía, un claro indicio de que el final de los petit bleu andaba cerca.

En España todavía es posible enviar un telegrama. Correos mantiene su control aunque ahora no vende su rapidez, inexistente si se compara con un WhatsApp, sino su «fehaciencia». No es un asunto menor. La era digital nos permite comunicarnos al instante a cambio de una pérdida progresiva de confianza. Identidades supuestas, camufladas, ocultas, troleos, hackeos convierten los mensajes en un asunto incierto. A cambio, un telegrama ofrece la evidencia sólida de un muro de hormigón, una seguridad analógica con valor de prueba.

De esto deberían hablar también en los colegios. De esa sociedad que poco a poco se va clausurando. No por nostalgia, sino por memoria. Los telegramas fueron el Telegram del siglo pasado. Maravillaba mucho recibir uno de aquellos sobres azules que se abrían sobre sí mismos y llevaban el mensaje pegado en una tirita blanca, escueto y sin conjunciones, que cada palabra costaba un dinero. Frente a la verborrea digital, los telegramas ponían en valor cada vocablo, parecían una construcción dadaísta, física y milagrosa. Un telegrama era una noticia muy buena o una noticia muy mala, siempre algo importante, como un disparo verbal sin aditivos.

Uno de los mejores de la historia lo intercambió Víctor Hugo con el editor de Los miserables. Recién publicada la novela, el escritor necesitaba saber cómo iban las ventas. Envió un telegrama con un escueto «?». Recibió otro con un expresivo «¡».

Uno de los más angustiosos se mandó desde el Titanic instantes antes de su hundimiento: «Hemos chocado iceberg. Hundiéndonos rápido. Vengan a ayudarnos. Lat Long 50.14 41.46 N-W». El mensaje llegó enseguida pero la ayuda, no. Murieron 1.500 personas.

No ha trascendido el contenido del último telegrama enviado en Francia. Sí que el servicio ha resistido más años que en Estados Unidos. La compañía Western Union envió el último en enero del 2006, a tiempo de superar la identificación terrible que durante la Segunda Guerra Mundial empañó la imagen de la compañía: los telegramas de la Western Union notifican la muerte de soldados en la batalla. Hoy, contratar en Correos el envío de un telegrama -8,05 euros hasta cincuenta palabras- puede ser un acto de resistencia. O de rebeldía. O una sorpresa mayúscula para un millennial que abre la puerta y se encuentra un mensaje de texto en un sobre.

El sistema lo inauguró Samuel Morse en 1844 con un mensaje de Washington a Baltimore en el que decía: «What has God wrought?» ('¿Qué nos ha deparado Dios?'). Qué incertidumbre tan vigente...

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