Ganaremos nosotros, Ana


Se negó a darles su número de teléfono. Y le partieron la cara. Sucedió en nuestra Coruña, tan llena de flores: que por mayo era por mayo. Sucedió y no se movió nadie («miraban como si lo que estaba ocurriendo fuese algo normal»). Quizá porque las flores no están en todas partes. Su padre denunció a los agresores. Pero Ana, con dieciocho años, ya no quiere salir de casa. Nos ha conquistado el miedo. Porque los miserables salen casi impunes de sus delitos. Hasta un juez, en su voto particular, ha absuelto a unos lobos por violar en Pamplona a otra joven. Veía «un ambiente de jolgorio y regocijo» en cinco adultos que penetraron once veces, once, a una muchacha que también tenía dieciocho años. Está mal decirlo, lo políticamente correcto nos ha aletargado el intelecto, pero yo no puedo respetar a ese juez. Su justicia es ninguna, aunque la argumente en doscientos folios. Me repugna su prosa de cloaca, por muy procesal y severa que parezca. Es que la Justicia nos está dejando abrumados. Los delincuentes entran por una puerta y salen por otra. Ellos han perdido el miedo. Nosotros, no. Nosotros, como la muchacha coruñesa, hasta dudamos en salir de casa. Pero hay que hacerlo, Ana. Por eso ayer se me encogía el corazón al leer lo que tú y tu padre contabais a Tamara Rivas en nuestro periódico. «La gente está acostumbrándose a mirar hacia otro lado», decíais. No todos son así. A Coruña y toda Galicia, pese a todo, están llenas de flores. Pasarán los malos tiempos, Ana. Ganaremos nosotros.

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