Muy injusto


Ni treinta años hace que tener un máster era cosa rara. Máster equivalía casi solo a título de una escuela de negocios, principalmente del IESE, y suponía una distinción de muy alto nivel que, de hecho, garantizaba un empleo. Y no uno cualquiera. Después, los másteres se multiplicaron hasta desbordar los límites del sentido común y de la imaginación: por su número excesivo, lo primero, y por sus nombres, por los contenidos que supuestamente enseñan, lo segundo. En estos tres decenios han nacido miles de másteres que cerraron de un curso académico para el siguiente o que duraron muy pocos años. Quizá tenga usted uno de esos muchos másteres que ya no se imparten: una especie de título náufrago de los mares académicos. No significará nada, pero servirá para rellenar una línea de currículo con los destellos de un brillo más evocado que real.

No piensen eso. Bueno, es verdad. Han acertado: no tengo un máster, pero dirijo uno desde hace veinte años, he dado clase en muchos otros y me duele el alma cuando veo cómo se degrada esta titulación. Como desde ahora, por ejemplo, cualquier máster que comparezca en cualquier currículo será visto con ojos de sospecha. ¿Será como el de ella?

Desde luego, ella tiene mucha culpa, pero más culpa tiene y merece menos perdón quien le ha permitido -quizá, hasta propuesto- semejante patraña, porque la Universidad no administra el sentido moral de tal señora, sino el valor de un título que otros habrán conseguido honradamente, quizá con mucho sacrificio, y que quedará inevitablemente devaluado desde este episodio. Como los demás títulos de esa misma Universidad y, de algún modo, los de todas. Cuánta injusticia contra tanto inocente.

@pacosanchez

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