Desde la primera estrofa del viejo himno universitario que se canta en todas las universidades de Occidente, no podemos alegrarnos de que cuando esto escribo todavía no haya dimitido de sus responsabilidades políticas doña Cristina Cifuentes, que se ha apropiado de una titulación académica complementaria de su carrera, que era falsa y falaz, mentirosa y ejercida como un engaño infantil.
No ha dejado su cargo al frente de la Comunidad de Madrid, pero nosotros, los ciudadanos del común ya la hemos sancionado, y los que procedemos del ámbito universitario nos sentimos especialmente agraviados. Faltaba la universidad de ser objeto de envilecimiento por parte de una clase política que ha perdido el respeto por las instituciones que afianzan nuestra cultura y nuestra mismidad. La señora Cifuentes no es maestra de nada, el máster es maestría, especialización. Es maestra en mentir, en usurpar aprendizajes que no tiene, en violar las viejas normas de la Academia, que es como en latín clásico se denomina a la Universidad. El oscuro y pícaro mundo de los ERE andaluces, la corrupción económica rampante, el veneno corrupto que contaminó al PP, al PSOE et altri no es comparable con manipular un título universitario falseando su obtención. El himno que da título a este articulo dice en una de sus estrofas Crescat una veritas, que en román paladino se traduce: «Que crezca la única verdad», verso que en este caso ha sido transgredido, violado, camuflado en un expediente inexistente con complicidades perversas que tienen por fuerza que provocar una limpieza a fondo de responsables universitarios.
La clase política, nuestra clase política está llena de demasiados casos de falseamientos curriculares desde Toni Cantó (Ciudadanos) intentándose titulaciones inexistentes, o Elena Valenciano (PSOE), que afirma ser poseedora de dos licenciaturas pasando por el cursillo semanal de Harvard en el campus portátil de Aravaca que exhibe Pablo Casado (PP) en su memoria curricular.
Atque irrisores es otra estrofa del viejo himno que se canta en todas las aperturas de curso y que condena a quienes se burlan de la universidad. Doña Cristina Cifuentes se burló de todos nosotros, de quienes declaramos que el espíritu universitario y universal nos guio en nuestro oficio de hombres, de mujeres, de personas.
La academia, la universidad, es una aspiración legitima de los ciudadanos que apostamos por la ilustración, por la modernidad, por la tolerancia, por, en suma, la libertad que se aprende en las aulas. Por tanto, nos sentimos agraviados por atacar a quienes desde el siglo XI, con la primera universidad española radicada en Palencia y luego en Salamanca, nos sentimos escolares permanentes, y hacemos nuestro el grito de «viva la Academia», mientras lanzamos al aire de todas las primaveras nuestros birretes. La dimisión de doña Cristina Cifuentes es inaplazable.