Londres en abril


Mientras los aviones británicos bombardeaban el pasado viernes las armas químicas del sátrapa sirio, yo estaba comiéndome un sándwich de pepino en la cafetería del Museo Británico de Londres. Es decir, estaba rodeado de cascotes. Los más famosos de entre ellos, quizá los conocidos como mármoles de Elgin. Los trozos que faltan de lo que quedaba del Partenón tras el paso de los turcos. Vamos, poca cosa. También había momias, claro, pero esas no sé bien si eran de los extraterrestres que construyeron las pirámides; gente extraña que al volver a sus planetas se llevaron los andamios, como sospecha Tito Vivas. En fin, que entre una cosa y otra pensaba yo en Alejandro Magno, que montó un imperio que para sí quisieran nuestro Carlos V y la Reina Victoria, con la virtud añadida de que murió con treinta y tres, la edad de Cristo que hay que decir en el estetoscopio. Al Asad estaba poniendo sus barbas a remojar cuando la primavera árabe, hasta que llegaron los islamistas del ISIS y, combatiendo contra él, lo reforzaron. Pero ahora de nuevo las sangres vuelven a sus cauces.

El Museo Británico es, con esas piedras traídas del Oriente, un museo de sí mismo, del imperio y de la Reina Victoria. Un inmenso homenaje a la expoliación. Una expoliación fascinante, todo sea dicho, porque ha necesitado un trabajo de colosos. Pero lo más asombroso de ese inmenso edificio neoclásico es que se asienta en el barrio de Bloomsbury, y a veces, cuando se levanta la brisa, se puede oír un verso perdido de Virginia Woolf.

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