Un tortazo en toda regla

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«Victoria total», decían ayer los independentistas en el Parlamento catalán. Y no era para menos: la Justicia alemana rompió todos los pronósticos -ahora se comprueba que eran muy ingenuos- y le dio un golpe demasiado fuerte a la Justicia española y, con ello, al Estado, y ya veremos si también a la unidad nacional. El secesionismo ganó su primera batalla internacional. La Audiencia de Schleswig-Holstein lo cargó de razón jurídica y se la quitó al juez Llarena y a todo lo que representa: a la Fiscalía, al Gobierno y a los partidos que estaban entusiasmados con la detención y encarcelamiento de Puigdemont y a todas las voces que la habían celebrado. La orden de detención quizá estaba bien fundamentada para España, pero no logró reunir pruebas convincentes de delito de rebelión que en Alemania se pudiera entender como alta traición.

Escribo esta columna bajo el primer impacto de la noticia y quizá me falte contexto para el análisis. Pero lo que salta a la vista es que España se equivocó en todo. La mayoría nos hemos equivocado en todo, pero quienes tuvieron que decidir se equivocaron en considerar que Alemania era el lugar idóneo para detener al fugado. Se equivocaron en pensar que, como Alemania también tiene problema territorial, iba a comprender nuestras demandas. Se equivocaron al confundir la buena relación política con Merkel y la frialdad de una Justicia independiente. Pero se equivocaron, sobre todo, en las acusaciones de rebelión. El cerco a la Consejería de Economía, los robos y destrozos de los coches de la Guardia Civil, los actos de odio y amenazas a la policía no son violencia para la Audiencia Territorial de Schleswig-Holstein. No hay, por tanto, rebelión. Es lo que podía soñar el expresidente fugado. Es un anticipo de lo que espera a los demás acusados por el mismo presunto delito. Es una fiesta para el independentismo.

El otro delito que la audiencia admite, el de corrupción (malversación de fondos públicos), tendrá una leve pena de cárcel, si la tiene, pero no justifica una larga prisión preventiva. Puigdemont será como otros muchos políticos españoles, andará suelto predicando su república y su rencor a lo español, y el independentismo presentará la malversación como la inversión necesaria para financiar la causa soberanista. Es decir, un héroe elevado a tal categoría por la Justicia alemana, que era la que iba a demonizar al procés y a sus protagonistas.

Y lo que para este cronista resulta más doloroso: tal como se ha planteado el problema, para muchos europeos España queda, efectivamente, como un Estado represor, mientras que quienes quieren romper ese Estado parecen los demócratas. Penoso resultado de la judicialización del conflicto catalán.

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