Y mientras tanto, En Marea...

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Paco Rodríguez

El eclipse Puigdemont todo lo ensombrece. Y parece que no se habla de otra cosa. Y, en verdad, casi no se habla de otra cosa. Ahora resultará que los alemanes también son una protodemocracia (aquí le llaman tardofranquismo), que sus jueces tampoco son independientes, como los españoles, y que la detención del fugado se debió a una conspiración totalitaria. Porque para el delirio independentista catalán, la realidad muda, se torna ácida y manipulada. Sin embargo, a poco que razonemos, encontraremos fundados motivos para saber que el totalitarismo anida entre los cabellos (que eran cobras venenosas) de esta Medusa infame. Yo ya lo he razonado demasiado desde septiembre. Por eso hoy huyo hacia el lugar donde los amigos de los independentistas, En Marea, asentaron su tienda de campaña: el rencor. Es una patria el odio, ciertamente. Algunos no logran salir de ahí. Lo manifiestan de formas diversas hacia sus oponentes ideológicos, qué les voy a contar, pero no queda ahí el poder motriz de tal sentimiento. El lunes nos lo contaban con todo detalle Susana Luaña y Juan Capeáns en una información de altura periodística: original, trabajada y fiel a la verdad. Titulaban: «Quinteiro y miembros de las mareas se mofaron de Villares antes del incidente». Hablaban del escarnio y desprecio que los compañeros de partido (o lo que sea) sometieron la figura de su líder y portavoz en la jornada del plenario de En Marea. Busquen la noticia. Repásenla. Con datos objetivos narraban los hechos. Yo aguardé durante horas alguna reacción por parte de los dirigentes, relevantes y con cargo, de En Marea. No llegó. No escuché a Noriega o Ferreiro, tampoco a los altavoces de Podemos o Izquierda Unida, antisistema o comunistas, qué más da. Callaron. Es indicativo de lo que sucede en el seno de «la gran esperanza» de la izquierda: ha fenecido. No la ha destruido la inanición, porque tienen votos y expectativas y gobiernos. La ha matado el odio. Porque cuando haces del odio tu enseña (rompiendo retrovisores o burlándote con saña de tu portavoz, por ejemplo), ya nunca más podrás controlarlo. Y se desparrama. Primero sobre los contrarios ideológicos. Luego sobre los conmilitones. No se puede vivir así.