El hambre unida a las ganas de comer


En 1994 publicó Giovanni Sartori, politólogo influyente como pocos en la segunda mitad del siglo XX, un libro excepcional, traducido ese mismo año al español con el título de Ingeniería constitucional comparada. En él analizaba el gran maestro italo-norteamericano varias cuestiones relevantes (los sistemas electorales y el contraste entre presidencialismo y parlamentarismo) y dedicaba unas páginas finales a la corrupción y al rechazo de la política, que acabarían por ser premonitorias: «En tanto que el ciudadano apático hizo muy fácil la política, el ciudadano vengativo y enérgico puede hacerla muy difícil».

Basta con contemplar el vendaval que arrasa a algunas de las más añejas democracias del planeta para constatar lo certero de ese juicio. Pues han sido esos electores «vengativos y enérgicos», en palabras de Sartori, los que han llevado a un sujeto como Trump a la presidencia del país más poderoso de la Tierra, convertido a Italia en una democracia ya literalmente ingobernable, elevado a Macron de la nada a inquilino del palacio del Elíseo o dejado medio año en la interinidad de un Gobierno en funciones nada más y nada menos que a la estabilísima Alemania. Todo eso, claro, y mucho más.

Lo de España ha sido cosa aparte: tras dos elecciones generales sucesivas y un año de interinidad gubernativa, la absoluta parálisis política se ha impuesto en el país. El discurso populista del «todo va mal, todo es un desastre» cayó en el campo abonado por una escandalosa corrupción y una devastadora crisis económica para acabar produciendo efectos desastrosos: los españoles, hartos a veces con toda la razón, otras con algo de razón y otras con ninguna, acabaron haciendo añicos el único sistema de partidos que había dado estabilidad democrática a nuestro país a lo largo de su historia.

Y así, el resultado agregado de la suma de millones de cabreos personales, impulsados por un Ejecutivo paralizado y agitados por una oposición que no tiene otra alternativa que impedir que España se gobierne, están bien a la vista y hoy nos los muestra en La Voz una encuesta de Sondaxe en toda su crudeza: el índice de confianza política, resultante de hacer la media entre el juicio sobre la situación política actual y el del indicador de expectativas, se desploma en Galicia desde octubre (cae del 52 a 40 sobre 100) y varía un poco al alza en el conjunto del país solo porque allí es desde hace años mucho más bajo que en Galicia. Habrá quien estará feliz con tal desastre. Los mismos que con su política de cuanto peor mejor han contribuido en gran medida a provocarlo. Una peniña.

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