Hacia un país empobrecido


El mileurismo pasó de ser una categoría social de cuasi parias, en la era de la precrisis, a una utopía para muchos chavales que tratan de meter la cabeza en el mercado laboral en estos momentos de anunciada recuperación tras la crisis económica. Y mientras tanto, sus abuelos, los que soñaban con un mundo feliz en 1968, andan otra vez pisando adoquines para que sus pensiones no caigan en el escalafón al nivel de subsistencia. 

Dos factores que suman fuerzas para formar la tormenta perfecta. Un camino despejado para que la economía española, que aún se codea con las veinticinco o treinta mayores del mundo, vuelva al grupo de los eternos aspirantes. La nueva fase de despegue económico ha permitido recuperar la línea de crecimiento de indicadores como el PIB per cápita. Sí, pero lo hace a un ritmo mucho más lento ahora. Si entre los años 2005 y 2008 la riqueza de los españoles había mejorado un 14 %, entre el 2014 y el 2017 lo hizo por debajo del 10 %. Los salarios incluso retrocedieron el año pasado. Mejor no entrar en el detalle de las cifras, tan irritantes como engañosas cuando se sacan medias estadísticas. Pero conviene recordar, para no olvidar donde vivimos, que en Galicia, cuyo PIB no avanza peor que el del conjunto de España, la riqueza por habitante era al finalizar el 2016 de 21.358 euros, similar a la que había en España once años antes.

Los duros sacrificios impuestos para abandonar el abismo cuando España estuvo a punto de ser intervenida no pueden ser el pretexto. Una cosa es que fuera necesario embridar la deuda pública para evitar la quiebra y otra bien distinta que la austeridad extrema en el gasto público sea la fórmula para una economía que precisa bastante estímulo. Consolidar un modelo con trabajadores pobres y pensionistas pobres no parece la mejor idea.

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