El bloqueo de Rajoy


Al PP se le multiplican los frentes abiertos. El monte arde por las cuatro esquinas y los bomberos, después de largos meses de pasividad, no dan abasto. Han perdido la capacidad de iniciativa y van a remolque de los acontecimientos. Incapaces de controlar los fuegos, culpan a los demás de haberlos provocado intencionadamente: a Ciudadanos, envalentonado por las encuestas y deseoso de traducirlas en votos contantes y sonantes, o al PSOE, que rompe pactos educativos y «ya está en campaña». Y olvidan que las propias brigadas de extinción, además de criticar la abulia de su jefe de filas, andan a la greña y divididas en todos los frentes.

El Gobierno está desorientado. No acaba de explicarse, a no ser por la supuesta conspiración urdida por la oposición, la proliferación de focos en una España que, de acuerdo con los parámetros de Aznar, va bien. Los Presupuestos del Estado que, según la Constitución, deberían estar presentados hace seis meses, no tienen visos de salir adelante. La mejora del cupo vasco, una garrafa de gasolina para apagar ese fuego, no parece suficiente para sacarlos del cajón. La reforma de la financiación autonómica continúa encallada, atrapada entre posturas irreconciliables ajenas a las siglas partidarias. La posible quita de la deuda autonómica motiva tanto rechazo en unas comunidades como la no quita en otras. Los pensionistas, el principal granero de votos del PP, se rebelan contra la condena perpetua del 0,25 %. La media España femenina protagoniza una movilización tan histórica como incomprendida en las cúpulas del poder.

Rajoy está bloqueado. Los asuntos que el tiempo solucionará siguen enquistados y pudriéndose en su mesa. Solo las protestas y la evidencia de que el PP se desmorona lo arrancan de su estupor y reacciona a la defensiva. Firma entonces un acuerdo salarial con los funcionarios, cuyo coste traslada en su mayor parte al futuro Gobierno. Se coloca un lazo morado como muestra de arrepentimiento por sus palabras en vísperas de la huelga feminista. Y decide acudir al Parlamento, arrastrado por los pensionistas, para anunciar mañana -pronostico- la subida que anteayer era imposible. Bienvenida sea la rectificación aunque, en términos políticos, al PP quizá le llegue tarde.

Hace un par de años, cuando comenzaba el ciclo alcista de la economía, Rajoy pedía paciencia a los damnificados de la crisis. El crecimiento se acabaría filtrando, por el consabido sistema de goteo, a todas las familias. España creció desde entonces a buen ritmo, como proclaman las fanfarrias oficiales, y la economía ya ha recuperado el nivel previo a la crisis. El PIB sí, pero la mayoría de los españoles están lejos aún del 2008: hay menos empleo, peores sueldos, trabajo más precario y mayor pobreza. Lo que significa, porque no hay mal que a otros no beneficie, que algunos viven mucho mejor que en los albores de la gran recesión. Y lo que explica que quienes soportaron estoicamente el tiempo de penuria exijan ahora una porción de la riqueza creada. Se les agotó la paciencia y a Rajoy esto le sorprende.

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