Algunos días aparecen en el periódico, otros no, pero siempre cargados de malas noticias, de hambre, desprovistos de las medicinas básicas, detenidos y encarcelados, muriendo a chorros por todas las esquinas del país: una nación enorme y riquísima, más de treinta millones de almas secuestradas por gorilas que se dicen revolucionarios. Todos los días, desde hace ya demasiados años, los venezolanos se despiertan un poco peor: con más hambre y con menos libertad. Quizá también con menos esperanza. Aquí nos limitamos a registrarlo, para que conste no sé ante quién, para que no se diga que no dijimos. Los que pueden se vienen. Y pueden casi solo los que disponen de pasaporte europeo. De hecho, suelen mandar a los hijos por delante, después de un esfuerzo tremendo, económico y burocrático, para poder comprar un billete en los vuelos tan escasos. Los padres -a menudo solo el padre- se quedan allí en un intento desesperado por conservar algo de lo que ganaron después de años de trabajo. La familia se rompe para dar un porvenir a los hijos en la tierra de sus padres o de sus abuelos. Llegan más cada día, silenciosamente heridos, sintiéndose culpables de una nueva libertad, culpables por vivir sin miedo, culpables de habitar en la normalidad que nosotros ya no apreciamos. Y los de allá siguen despertándose cada mañana un poco más asustados y hambrientos, quizá un poco más desesperanzados. Porque nadie parece querer ayudarles, ¿o es que no podemos? Dejamos que se pudran treinta millones de personas, hartas de discursos y ayunas de todo lo demás. Ya casi no quedan intereses extranjeros ni nadie para defenderlos. Ni siquiera las instituciones internacionales. Sangrante.
@pacosanchez