El capitán Nemo visita Vigo

En «20.000 leguas de viaje submarino» Julio Verne hace de Vigo la principal fuente de ingresos de Nemo. Y allí llega un 18 de fenrero de 1868, después de una larga singladura, para aprovisionarse del oro que saca de los galones del pecio de Rande


El domingo pasado se cumplieron ciento cincuenta años de una de las visitas más misteriosas que haya recibido Vigo en toda su historia: la del Capitán Nemo. Como se sabe, en 20.000 leguas de viaje submarino Julio Verne hace de Vigo la principal fuente de ingresos de Nemo. Y allí llega un 18 de febrero de 1868 (era martes), después de una larga singladura, para aprovisionarse del oro que saca de los galeones del pecio de Rande. Pocos habrán sacado tanto partido a la ciudad olívica. Verne nos dice que con su riqueza Nemo podría «pagar la deuda de Francia»; lo que, si uno hace los cálculos, sale a unos 17.000 millones de dólares de hoy, corrigiendo la inflación. Aunque esto no le permitiría ni siquiera entrar en los primeros cincuenta puestos de la Lista Forbes, se comprende que tenía muchos gastos.

Nemo es una creación genial: uno de los primeros «locos que quieren dominar el mundo». Por una parte, es el clásico héroe byroniano que detesta la sociedad y quiere vivir al margen de ella. Es el rebelde, generoso pero egomaníaco, que iza en el Polo Sur una bandera con su inicial bordada. Estricto vegetariano y antiimperialista, es también sanguinario y caprichoso. Pero Verne le añade algo nuevo, el self made man de la nueva era tecnológica. Nemo es un Edison contra todos, el encumbramiento del «hágalo usted mismo»: un tipo que, él solo y sin subvenciones de ninguna consellería, se construye un submarino para enfrentarse al mundo. En Nemo está ya toda la puesta en escena que se repetirá hasta los genios del mal de James Bond y más allá: la base secreta en una isla con volcán, el ejército privado de hombres robotizados que hablan una lengua inventada, la costumbre de secuestrar a alguien para contarle su gran plan de dominación mundial... Nemo es el primer ejemplo perfecto de lo que hoy se llama un villano, empleando esa desafortunada traducción literal del inglés villain; porque en español villano significa gañán.

Nada más lejos de la personalidad y el porte de Nemo, este hijo de un rajá de la India, sobrino de un sultán, que se ha educado en Europa, que habla cinco idiomas -y uno de ellos inventado por él mismo-, que posee una biblioteca de 12.000 volúmenes que ha leído y anotado, que colecciona obras de arte -entre ellas un Murillo- y dedica sus ratos de asueto a tocar el órgano. A Nemo, pienso yo, podría describírsele como Graham Greene describió al actor que lo encarnó con más éxito en el cine, James Mason: «el maridaje entre la tristeza y el orgullo».

Cuando escribió 20.000 leguas de viaje submarino, Verne se identificaba con el profesor Aronnax, el huésped forzoso de Nemo. Pero da la impresión de que con el tiempo y las amarguras de la vida se fue sintiendo más próximo a Nemo. Se compró un velero y se puso a dar vueltas por el mundo, un poco como él pero de manera más pacífica. Un día recaló en Vigo a causa de una tormenta y se quedó por un tiempo. Iba al Café Suizo a leer la prensa y sellaba sus cartas en el Hotel Continental. Presenció la procesión del Cristo de la Victoria desde el Casino y hasta bailó en la verbena. Se da la circunstancia de que en la ría había fondeado un buque de la Marina francesa, donde le ofrecieron un traje de buzo para sumergirse en Rande, el escenario de su imaginación. Entonces no se sabía con seguridad si había oro o no en el fondo. Pero Verne rehusó, alegando que era demasiado mayor (acababa de cumplir cincuenta años). Yo creo que fue otra cosa: el temor a romper un sueño, que es la cerámica más frágil que existe, y entonces perder a Nemo para siempre.

Autor Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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