Ciencia: ¿decente o de mercado?


Entre las cosas que el dinero no debería comprar se encuentra el conocimiento científico. La causa es simple: son muchas las posibilidades de que la selección y el avance del mismo se vean corrompidos y distorsionados por intereses comerciales particulares, frente a otros colectivos o no crematísticos.

Sin embargo, ya desde mediados del siglo pasado, se han acelerado, entre otras cosas en este asunto, procesos de selección laboral o de adjudicación de fondos que dependen de lo que llegue a ser publicado según en qué revistas, y de la medición del impacto de esas publicaciones. Y habría sido así como se transitó de una elevada independencia y autonomía de los implicados (editores y evaluadores) en una publicación, para cribar el mejor conocimiento sin más, a prácticas alejadas de este objetivo.

En un ensayo enfrentado a estas prácticas, que yo denomino como de abducción científica neoliberal, titulado El potlatch digital (Editorial Cátedra, Colección Teorema, 2011) se presenta un poco habitual resumen de las mismas. En él comprobamos cómo se abren camino la falsificación y el plagio inadvertidos, el engaño y la prevaricación con el fin de alcanzar puestos y cualquier clase de prebendas; cómo la limpieza y la imparcialidad de la evaluación (peer review) se corrompe por intereses coincidentes con los patrocinadores, por identidades ocultas de los revisores (por ejemplo, a través de anonimatos que ocultan intereses innobles). Ese mismo ensayo nos enseña también cómo se penaliza la innovación y se refuerza la autoridad constituida, se erosiona la ecuanimidad y distancia que los pares deben guardar -respecto al autor y su descubrimiento- a causa de intereses arteros; o incluso cómo trabajos determinantes para el futuro de la ciencia son rechazados o ignorados.

Ante esta situación, y teniendo en cuenta las posibilidades que la edición digital y el acceso abierto abre para desactivar estas prácticas, numerosas e importantes universidades (MIT, Berkeley, Harvard) habrían firmado un acuerdo en esa dirección (Compact for open-access publishing equity), iniciativa en paralelo a la Public Library of Science (PLOS) para divulgar en abierto y sin barreras los resultados de los descubrimientos, así como otras del movimiento Science Commons.

Son posibilidades que no se abren paso con facilidad, como puso de manifiesto un experimento realizado por la revista Nature en el año 2006 al aceptar la realización de revisiones de sus trabajos en abierto. Esa decisión es síntoma de cómo, en palabras de los autores de este clarificador ensayo, «lo que acaba sucediendo es que el tipo de ciencia que se practica acaba a merced de intereses ajenos al propio campo (bien laborales, comerciales, mercantiles o económicos); una ciencia mercenaria, por tanto, que espera recompensas y gratificaciones que no son necesariamente las que el propio campo dispensa, basadas en el mutuo reconocimiento de la comunidad científica». En suma: ciencia de mercado, impropia de una sociedad decente.

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