Vuelve Anna, vuelve


Tiempo habrá en que valoremos en su justa medida la excursión de Anna Gabriel a Suiza. Y entonces apreciaremos la irreparable pérdida que para la independencia catalana, la política española, la convivencia pacífica y el futuro de Europa tiene tal decisión. Anna se ha ido instantes antes de que fuese condenada al patíbulo, que es a donde condenamos en España a los pacifistas que respetan y defienden la legalidad vigente porque ya se sabe que aquí los que propugnan respeto y tolerancia acaban en el cadalso.

Estamos todos tan felices ensayando nuestro himno con la letra de la poetisa Marta Sánchez y por haber lanzado a De Guindos al BCE, tras sus éxitos en Lehman Brothers y en nuestra economía, que no apreciamos en toda su dimensión la marcha de Anna, que fue uno de los estandartes y la que puso cordura en el procés y que de su mano, estamos convencidos, se lograría acabar con el contencioso catalán. Si valoráramos bien la pérdida organizaríamos una marcha multitudinaria bajo el lema «Vuelve Anna, vuelve». España es un país de larga tradición de exiliados. Además de Puchi y su comparsa, que son los últimos, hay que apuntar, en un rápido recorrido, a Rodríguez Menéndez, Neus Soldevilla, Paesa, Luis Roldán, el Dioni y Anglés, todos ellos personas de férreos principios personales y democráticos. Y ahora, Anna Gabriel.

Pero el problema de Anna es diferente. Anna es que una vanguardista extrema; una adelantada a su tiempo que va años por delante de nosotros. En todo. No entendimos cuando se definió como «independentista sin fronteras», ni cuando propuso tener hijos en grupo para que los educase la tribu. No entendimos cuando llamó facha a medio país ni tampoco apreciamos sus principios democráticos que a no mucho tardar lamentaremos no haber sabido aprovechar.

Persona valiente donde las haya, como pudimos comprobar en todas y cada una de las movidas que en los últimos meses se produjeron en Cataluña, porque «no tenemos miedo», aseguró muy henchida, huye porque ahora que vamos hacia la primavera, llega el buen tiempo y resulta poco apetecible oír cantar a los pajarillos tras las rejas. Y convencida está que acabaría en la cárcel no por lo que hizo, sino porque como le dijo al periódico suizo Le Temps, «la prensa del Gobierno [español] ya me ha condenado». Que es quien condena a prisión en este país. Pero existe otra justificación de peso. «Como no tendré un juicio justo en mi país, he buscado uno en el que pueda proteger mis derechos». Irrefutable.

Allá a finales del XIX, Albert Guinon escribió que «la cobardía tiene sobre el valor una gran ventaja: la de encontrar siempre una excusa».

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