Los peligros de la autocomplacencia

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Muchos se preguntan hoy cómo es posible que una organización con el prestigio moral de Oxfam, y otras, se vea envuelta en un escándalo de abusos sexuales. Y la realidad es que la explicación empieza, precisamente, en esa incredulidad. El prestigio moral, cuando no se lo modera con un cierto escepticismo y algo de realismo, puede acabar conduciendo a la impunidad. Sobre todo, cuando ese prestigio moral es el principal activo de una organización, el que le permite financiarse, como ocurre con las oenegés. El incentivo para reconocer públicamente faltas de ética es todavía menor que en cualquier otra clase de organización.

Por si fuera poco, las últimas décadas han visto una explosión espectacular, probablemente excesiva, en el número de oenegés. Esto ha dado lugar a una competición cada vez más desesperada por fondos. El resultado ha sido un entorno de precariedad laboral, falta de profesionalidad y una selección de personal laxa (no hay más remedio que generalizar). Pero el hecho de que este deterioro de la calidad y la transparencia en las oenegés fuese acompañado del triunfo social las blindaba de críticas, incluso de una mínima evaluación de su trabajo. Las caras famosas, su influencia política, los grandes presupuestos (al menos en el caso de las oenegés más grandes); todo esto llegó a convertir en intocable al sector humanitario. Hasta que han topado con el enésimo pánico moral, la repentina preocupación viral por un asunto concreto en un momento pasajero que es tan característica de nuestros tiempos de redes sociales. De Hollywood y los dramas profesionales de actrices millonarias pasamos sin solución de continuidad a las mujeres víctimas del terremoto de Haití. Es un buen método para destapar escándalos. Desgraciadamente, no es tan bueno para resolverlos.

¿Cómo resolver este? Surgen dos posturas, como siempre en estos casos. Quienes intentan controlar los daños (las propias oenegés y sus numerosos defensores) recurren a la socorrida metáfora de «unas pocas manzanas podridas», mientras que los críticos hablan de «una cultura sistemática de abuso». Ambas interpretaciones son, probablemente, equivocadas. La verdad es a veces más simple: hay una cantidad ingente de cooperantes internacionales, por lo que, estadísticamente, tiene que haber un porcentaje de abusos, y su número -que nunca se puede reducir a cero- aumenta o disminuye en función de las circunstancias y los mecanismos de control. No hay soluciones milagrosas y las explicaciones ideológicas no ayudan: ni es el machismo, al menos exclusivamente (ha habido casos que implican a mujeres cooperantes, como en el escándalo del campo de refugiados de Calais, en Francia) ni es el colonialismo (los casos de violaciones, los más graves, han sido perpetrados sobre todo por tropas africanas de la ONU). El abuso nace de algo más difícil de controlar: de la diferencia de poder adquisitivo y social entre el cooperante y la gente con la que convive. Y se da la paradoja de que la existencia de esa asimetría es, precisamente, la que justifica la existencia de la cooperación internacional y la hace necesaria.

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