Que jueguen


Lucen barba. Visten ropa de marca. Y van al gimnasio. Según un diario malayo de gran tirada, esta colección de supuestas excentricidades son las coordenadas básicas para identificar a un hombre homosexual. Por lo visto, es necesario publicar una especie de guía para que la población no se confunda. Según el periódico Sina Harian, las lesbianas se detectan afinando el radar de manera diferente. Porque ellas se dan la mano y se abrazan mucho. En resumen, que aunque no lo sepan, no son heterosexuales ninguno de los millones de hípsters del globo y tampoco ninguno de los barbudos integristas que cuidan su físico y calzan zapatillas con brillos que les dan aires de raperos. Y las amigas y hermanas efusivas, todas lesbianas. El reportaje se quedaría en una broma de mal gusto si no fuera porque en Malasia la homosexualidad está penada con hasta veinte años de cárcel. Y porque el año pasado unos estudiantes quemaron vivo a un compañero de 18 años porque era gay. Pero cuando se cuestiona quién tiene derecho a ese pasaporte mundial que son los Juegos nadie cuestiona la participación de países que aplastan los derechos de las personas según su orientación sexual. No se monta ninguna crisis diplomática ni se produce un veto de las autoridades deportivas de turno. Se castiga más el dopaje o las presuntas injerencias de los Gobiernos en las federaciones deportivas. Se da por hecho que los homosexuales, como ocurre también con las mujeres, son población de segunda o tercera clase en muchos lugares del planeta. Es un hecho que parece que fuera natural e inmutable. Y hay que dejar jugar a esos Estados con sus amiguitos en el patio internacional. No disgustemos a nadie por detalles sin importancia. Sería un crimen. Se sentirían discriminados. Pobrecillos.

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