La norma «aprender viendo» cómo trabaja otro se ha mantenido entre los médicos, de generación en generación, hasta que fue superada en el mundo occidental, tras la segunda gran guerra, por la búsqueda de niveles de mayor independencia del aprendiz y una mayor supervisión en cada paso, de la que es el mejor ejemplo el aprendizaje en el sistema MIR español. Cuando en 1963 la Comisión de Médicos Residentes del Hospital General de Asturias decidió adoptar por sugerencia de su presidente, el doctor Alonso Leg, el acrónimo MIR (médico interno y residente) para denominar el programa de formación posgraduado que se inauguraba ese año, no podía imaginar el éxito que tendría. Y así fue, ya que, asumido en la Clínica de Puerta de Hierro, bajo el liderazgo del doctor Segovia de Arana, el programa MIR se extendió por toda España en pocos años. Muchos de los profesionales involucrados se habían formado en los EE.UU.; pero, a pesar de ello, con buen criterio, en vez de utilizar el método de entrevistas, empleado en muchos países avanzados, optaron por una prueba objetiva de resultados con incapacidad absoluta de ser manipulados. A pesar de los inconvenientes, entre los que destaco la incapacidad inicial para valorar las grandes diferencias en las aptitudes necesarias para ser médico de familia, cirujano, investigador en un laboratorio o psiquiatra; el sistema se ha mantenido, con indudable éxito, durante todos estos años, con la idea de que, a pesar de las dificultades que presenta en nuestro país, el método más justo es el que se basa en una prueba anónima, ya que evita la corrupción.
Estos días hemos conocido, a través de la prensa, que el Ministerio de Educación, con el apoyo de la conferencia de decanos, intenta mejorar el plan de formación del profesorado, mirándose en el plan MIR; que, como ya he dicho, funciona entre nosotros con gran aceptación desde hace cincuenta y cinco años. Desde hace ocho, los diferentes partidos se han atribuido la idea de llevarlo al magisterio como una quimera propia. Admitiendo mi desconocimiento sobre la enseñanza primaria; pero, incentivado por el gran cariño a la profesión de mi madre, me gustaría recordar a los maestros que el sistema actual de formación médica especializada surgió en el campo de batalla profesional; es decir, en los hospitales y ambulatorios de medicina familiar, no desde los Ministerios del Gobierno de Franco ni desde la Universidad; ya que, se trataba de una formación posgrado, con ideas y criterios diseñados por los profesionales desde sus centros de trabajo; aunque reconozcamos el mérito de su implementación posterior por parte de la Administración del momento, que además se apropió del éxito, exhibiéndolo como la joya de su gestión.
Es interesante volver la vista atrás para encontrar cómo la pedagogía bajo supervisión directa no es una novedad: Ya en el siglo XVIII, las escuelas religiosas propusieron la tutoría de un compañero sobre otro como un eslabón de gran ayuda para los procesos de instrucción del alumnado, y la delegación de la responsabilidad y de la disciplina. Tres siglos después, desde fuera parece obvio que la educación de los profesores, como la de los médicos, debe responder a las presiones actuales; lo que exige la evolución hacia un estilo educativo centrado en el alumno. Estructurar el nuevo sistema no será fácil, porque genera alarma ante la marginación a la que pueden verse relegados diferentes grupos y el miedo a las pruebas específicas y al tiempo adicional de formación al que han de someterse los candidatos. Pero sin duda, asumiendo sus defectos, el resultado será muy positivo para la educación, que es el pilar esencial sobre el que se construye un país. Para ello, es imprescindible que los maestros tengan en sus manos la oportunidad de ser los mejores. Para lograrlo, todos los involucrados deben tener presente que sin actividad laboral con responsabilidad delegada no hay capacitación. Dicho de manera lisa y llana: La formación profesional solo se consigue a través del trabajo. Parece de gran trascendencia hallar el consenso para que así sea.