Gestionar la abundancia


Sostengo en un reciente ensayo que las causas de nuestros mayores problemas económicos y sociales, a escala mundial, no debemos buscarlas en cuestiones de escasez (de mercancías, de maquinaria, de empleo, de alimentos, etcétera) sino en todo lo contrario: la causa profunda es que tenemos serios problemas para gestionar la abundancia.

Desde la edición del libro, a comienzos del pasado octubre, he ido anotando aquellas noticias de prensa que permiten hacer un chequeo -como una analítica médica- para así poder hacer un diagnóstico. El resultado es más que preocupante. Veamos. Por un lado se nos informó de que el número de millonarios alcanzó la cifra más alta de la historia, mientras un prestigioso instituto de investigación hace previsiones de paro global del ochenta por ciento. Así que: despilfarro de riqueza en un lado y despilfarro de capacidades humanas en otro. Añadamos que más de un millón de personas están a la espera de conseguir asilo en la UE, mientras las pateras que han llegado a España en 2017 ya duplicaban las del año pasado.

O que en Europa se superarán este año los mil millones de pasajeros aéreos; en un método de transporte más que altamente contaminante.

Se nos informa de que la polución del aire es causa de medio millón de muertes prematuras en la UE. Y también que en importantes ciudades (Madrid, París y otras) las restricciones al tráfico y al aparcamiento son ya la única medida que nos evita un colapso por contaminación. Excesos de usos, de coches y aviones. Aún más. Según la Organización Meteorológica Mundial todas esas emisiones estarían provocando un peligroso incremento de la temperatura global, que podría provocar un ascenso del nivel del mar de entre diez y veinte metros.

Sin despeinarse, la Agencia Internacional de la Energía estima que el consumo energético mundial se incrementará hasta 2040 en un treinta por ciento. Que la producción ganadera vinculada al exceso en la medicalización de los piensos (y en esto España destaca en aportes de antibióticos) complica el cuidado sanitario de los humanos.

Mientras tanto, según una prestigiosa revista médica, en Europa estaríamos gastando más de mil millones en fármacos de dudosa eficacia. Se entiende así que en uno de los países más ricos del mundo la esperanza de vida haya descendido por segundo año consecutivo.

Todos ellos (millonarios, parados, consumos de energía, contaminación, medicamentos…) serían efectos de un crecimiento y consumismo económico que lleva al conjunto del mundo a crecer al 2,5 % (lo que implica una duplicación de estos problemas en apenas treinta años), mientras las economías asiáticas lo hacen a casi el siete por ciento (¡con lo que duplicarán en diez años!).

Por todo ello creo que es imperioso que aprendamos a conseguir un mayor bienestar social y calidad de vida sin apenas crecimiento del PIB y de la población mundial. Un gigantesco reto, aunque no imposible, que analizo en El despilfarro de las naciones (Clave Intelectual, 2017).

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