«Catalexit»


Cuando se equipara el fallido procés al brexit, se hace una comparación imposible. Para la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea se aplica el mecanismo previsto en el artículo 50 del Tratado, que puede concluir, en marzo del próximo 2019, con la salida de este Estado miembro de sus estructuras. Previamente habrá habido una decisión refrendada en una consulta legal -prevista y debidamente articulada- y está en marcha la negociación necesaria entre ambas partes en conflicto. 

En la declaración unilateral de independencia no se partía de una situación manejable políticamente. No existe ninguna vía prevista para tal supuesto de secesión en el marco general del estado español y solo mediante una reforma constitucional podrá llegar a considerarse algo que, de ocurrir, tardará tiempo. Este empeño, que sigue vivo, está llevando a la sociedad catalana a una fractura de imprevisibles consecuencias, a su economía a los peores indicadores desde hace años, y al absurdo de que se considere a España (y a Cataluña) como ejemplos del peor populismo equiparándonos en la cumbre de Davos a Rumanía y Polonia.

Pagaremos un enorme precio antes de ver recuperadas la convivencia y la economía, por no hablar de la crisis abierta en nuestro sistema político, pero el sainete continúa. No procede la aplicación de la dispensa para votar o ser investido presidente a un Puigdemont ausente de sede parlamentaria, porque no está incapacitado para hacerlo y no existe una razón real de fuerza mayor que se lo impida. Ni está gestando, ni a punto de dar a luz, ni recluido en un centro hospitalario. Está dándose una vuelta por Bélgica a donde ha decidido trasladarse por su propia voluntad; nada que ver con la situación de Junqueras, que está en prisión. El expresident se autoproclama exiliado político sin pestañear ante su afrenta a la memoria de Castelao o del mismísimo Tarradellas, por citar dos grandes ejemplos.

Es una ocurrencia más de quienes utilizan a las instituciones como escenario para representar guiones que llevan por bandera la media verdad -e incluso la mentira- siempre que sirva al fin que se persigue: a saber, mantener el espejismo de una utopía incumplible, al menos por ahora, que se llama República independiente de Cataluña. No se recuerda operación semejante de filibusterismo institucional, a través de golpes de efecto, ausencia total de transparencia y falacias como carretas distribuidas por mentideros, noticieros y delincuentes cibernéticos, ya sin telón de acero.

Allá cada cual con su responsabilidad. Seguir inventando estratagemas para sustituir la verdad por la ilusión es precipitarse hacia la nada. Mientras tanto, la falta de asunción de responsabilidades políticas por el 3 %, la Gürtel, los Eres u otras miserias, seguirán impunes. Si la ciudadanía no se lo toma en serio y empieza a salir a la calle para que esto cambie, aviados estamos.

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