Una fracción mínima del gran choriceo


Todo funcionaba tal como sospechábamos que funciona la corrupción en su vertiente de financiación ilegal: pago de mordidas para obtener obra pública y, en medio, un par de aprovechados que hicieron el negocio de su vida haciendo bueno el chascarrillo que proclama que «el que reparte se queda con la mejor parte». Esa es la esencia del caso Palau, que ayer se sentenció. Ya tenemos al segundo partido, Convergència Democràtica de Cataluña, condenado por financiación ilegal. Y no hubo decepción: ha quedado al descubierto la trama de extracción de dinero a través de mordidas ilícitas para bolsillos privados y para la caja de una fuerza política en una descarada compra de obras y servicios.

Temo, sin embargo, que la trama del Palau es una fracción mínima de todo el choriceo de los años de dominio político de Convergència en Cataluña. Solo demuestra lo pagado por una única empresa, Ferrovial, pero sigue sin ser juzgado lo pagado por las demás constructoras y prestatarias de servicios. Todavía no se terminó de investigar el tinglado de los Pujol. Y tampoco han llegado a juicio oral todos los demás casos de corrupción que ocuparon la crónica política catalana del último cuarto de siglo.

Y ahora, lo más entretenido es observar cómo se pretende echar tierra sobre el escándalo. Ahí tienen ustedes al señor Mas, increíblemente no llamado siquiera a declarar, que sostiene que «Convergència ya pagó un precio muy alto», como si estar mucho en los periódicos fuese una condena judicial. Ahí tienen a otros portavoces, que se lavan las manos con un «Convergència ha desaparecido», como si se pudiera olvidar su responsabilidad con un simple cambio de nombre y como si Convergència no tuviese herederos. Y ahí tienen los apoyos externos, como el del comedido Gabriel Rufián, que viene a sugerir que Millet, si robó, habrá sido para FAES, no para el independentismo. ¡Fabulosa capacidad de seguir montando una fábula con tal de no perder la imagen del (¿recordáis?) idílico «oasis catalán»!

Espero que las sentencias judiciales ayuden a la sociedad catalana a descubrir quién le ha robado de verdad, para poner a cada uno en su sitio, y que esa sociedad llegue algún día a distinguir el delito de la magia independentista. Mientras tanto, en la sentencia de ayer, me faltan algunos detalles. Me falta ver a algún responsable político entre los condenados; por ejemplo, a los que otorgaban las obras, que parece que caían del cielo. En la legislación me falta de lógica de que prescriba el supuesto delito del dante frente a la vigencia del delito del tomante. Y, en general, me falta dinero. Me faltan más de 6 de los 23 millones de euros extraídos de la mina del Palau. Alguien hizo el robo perfecto.

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