La evolución del español


En las últimas décadas del siglo pasado se publicaron en La Voz parte de los artículos de Fernando Lázaro Carreter que posteriormente fueron recopilados en el libro El dardo en la palabra. En aquellos textos, el autor reflexionaba sobre las novedades que percibía en el español, que se manifestaban sobre todo en los medios de comunicación. Crítico con lo que veía como incorrecciones, irónico y mordaz, alertaba de los peligros que se cernían sobre la lengua.

La relectura de una de aquellas piezas, de mayo de 1990, nos pone de manifiesto cómo han cambiado las cosas. El idioma es algo vivo que crece y evoluciona, y no lo hace siguiendo un plan de los lingüistas, sino la soberana voluntad de los hablantes. Mucho de lo que hace veinticinco años se rechazaba ha recibido incluso las bendiciones académicas. Veamos algunos ejemplos.

«En vista de que la señora Thatcher puso menos objeciones en Dublín a la unidad europea, se ha escrito que “se mostró menos beligerante”; con menos lindeza se hubiera dicho intransigente», escribía Lázaro Carreter. Efectivamente, beligerante solo significaba entonces, según el Diccionario, ‘que está en guerra’, y se decía de un país o una nación. Pero los hablantes beligerantes se impusieron, y el Diccionario introdujo en su edición del 2001 esta acepción: «combativo (dispuesto o proclive al combate, a la contienda o a la polémica)». Esa era la señora Thatcher.

En aquel artículo se criticaban «los verbos que, sobre modelos ingleses o franceses, adoptan un -izar como cola suntuosa: concretizar por concretar, objetivizar por objetivar, culpabilizar por culpar, optimizar por optimar, ilegitimizar por ilegitimar; priorizar por dar prioridad, liderizar por liderar, depauperizar por depauperar, y tantos otros». Desde entonces la Academia ha instalado en el Diccionario concretizar, culpabilizar, priorizar y optimizar, al que incluso da preferencia -y hace bien- sobre optimar.

Otro ejemplo de cómo cambian las cosas es azafato, «peregrina masculinización -escribió el prestigioso filólogo en otro artículo en La Voz-, en cierto modo paralela a la que llevó a llamar ridículamente modistos a los modistas». Azafatos y modistos gozan hoy de excelente salud en el DLE.

Son solo algunos casos que nos hacen concluir que lo que hoy rechazamos como incorrecto o innecesario o por alguna otra razón puede ser mañana lo fetén.

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