La colonia, la rosaleda y el senado (tríptico para un centenario)


Podría suceder que al ver la palabra el Senado titulando este tríptico más de un lector pensase que se trata de un error. Porque aquel cuyo centenario celebramos fue presidente de la Xunta de Galicia y parlamentario europeo. Incluso, según me dicen, su retrato figura en una galería del Bundestag alemán. Pero, sensu stricto, nunca fue senador. Sí lo fue en modo metafórico. Allá por los tiempos inmediatamente anteriores a la transición política si alguien mencionaba la palabra senado en Santiago de Compostela todo el mundo sabía que se estaba refiriendo… a una tertulia. Salones del Aero Club, General Pardiñas, número 34, 3,30 post meridiem. Mayoría simple del protomedicato santiagués pero también ocasión para disfrutar con la calidad de un intelectual como D. Ramón Martínez López. Y, marca de la casa, D. Gerardo Fernández Albor moviendo los hilos sin que apenas se notase. Y llegados a este punto algún lector podría preguntarse: en una vida tan dilatada y tan rica en sucesos importantes, ¿qué importancia puede tener una simple tertulia? Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, dejó escrito: «Waterloo se ganó en los campos de Eton». Un reconocimiento del valor que Eton y Oxford Bridge otorgaban al deporte y al esfuerzo físico en la forja del carácter. Algo que unido al cultivo de las Humanidades -¡y al de los buenos modales!- hizo que la Gran Bretaña del Imperio haya tenido la clase dirigente más culta y eficaz de la modernidad.

Pero, ¿qué relación puede existir entre una tertulia y la rudeza del rugby o de esa boat race que desde hace más de un siglo enfrenta en las aguas del Támesis a los remeros de Oxford con los de Cambridge?

Ahí les va una hipótesis. Así como los campus de Eton prepararon el músculo y el coraje que hicieron posible Waterloo, las tertulias prepararon la mente de los españoles de tal modo que llegado el momento fuese posible la convivencia y la «conllevancia» entre gentes hasta entonces antagónicas. Una vez más se cumplió el axioma de Gramsci: todo cambio político sólo es posible si previamente ha preparado el terreno un discurso cultural. Esta sería la cuestión: antes que el grito, la algarada o el panfleto, las tertulias como incubadoras de la libertad de expresión.

Pero, ¿en qué consiste realmente una tertulia? Vamos a intentar averiguarlo. La tertulia es una forma peculiar de ejercer y disfrutar la ociosidad. Otium contra nec-otium. En la tertulia el único que trabaja es el camarero. La tertulia es un lugar en el que la gente se reúne para verse y para hablar. Pero el hablar del tertuliano no es un hablar cualquiera. La tertulia es un lugar en el que «se opina». Quiere esto decir que el tertuliano tiene siempre la libertad de enjuiciar cosas, personas y sucesos desde un conocimiento insuficiente. Junto a esa liberación del rigor intelectual también supone la tertulia una liberación de la domesticidad. Al menos la mínima aventura que supone acudir al club o al café. Virginia Woolf decía que quien quiera ser escritor lo primero que necesita es disponer de una habitación propia. Pero la tertulia es algo que se produce necesariamente out of doors, en eso se diferencia de los salones literarios del siglo XIX.

Todavía nos queda una cuestión: hurgar en las tripas del lenguaje. Porque resulta que el vocablo tertulia se usa para designar dos cosas diferentes. Por un lado una reunión habitual en que gente diversa conversa amigablemente. Pero, por otro lado, en los antiguos teatros sirve para designar localidades situadas en los pisos superiores. Los coruñeses asiduos al Teatro Rosalía de Castro conocen bien ese orden ascendente: platea, palcos, tertulia y… gallinero. ¿De dónde vendrá ese doble significado de la palabra tertulia? Encuentro una explicación en un texto del viejo profesor: Desde el espectáculo a la trivialización, donde D. Enrique Tierno Galván ofrece una pista bien curiosa. La historia empieza en el siglo III con Tertuliano. Padre de la Iglesia de Occidente. El escritor y orador cristiano más importante de su época. Creador del lenguaje y de la lógica que se impondrán en la tradición teológica occidental. En el Siglo de Oro español los clérigos más ilustrados siempre iniciaban sus pláticas y sermones citando a Tertuliano. Tanto, que esos clérigos ilustrados fueron conocidos como Tertulianos. Y para poder asistir a las representaciones teatrales disponían de aposentos reservados en la parte menos visible del teatro. De ahí surgío el vocablo tertulia. El lugar desde el que los tertulianos podían ver sin ser vistos.

Cien años y un día. El señor de Montainge dejó escrito que «con los años se fortalece la aceptación de uno mismo». Querido Gerardo: parabéns, saudiña e que siga a cantar o merlo.

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