Lo de Podemos no tiene nombre


Que Podemos atraviesa una crisis, es evidente. Tanto por los últimos resultados electorales, como por las encuestas. Pero sobre todo, si nos permitimos una licencia deportiva, por las sensaciones que transmite la formación morada. Igual que el Real Madrid, que hace unos meses desbordaba optimismo y se sentía capaz de ganar todos los encuentros y que ahora se resquebraja en cada partido. No se trata de comparar a Podemos con el trasatlántico del fútbol mundial, porque Pablo Iglesias no es precisamente un Zidane de la política, pero ambos están en una racha en la que cada vez que toman una decisión, todo lo empeoran.

Hace tiempo que Podemos se busca y no se encuentra. Ocurrencias puntuales a un lado, Iglesias ya no lidera el discurso político en España. La casta, las puertas giratorias, las derechas, el fascismo, el trama bus, la gente... han dejado de marcar la agenda del debate en este país. Creerse un partido capaz de gobernar España y desmoronarse fue algo casi instantáneo en el grupo morado.

La última prueba de la descomposición de Podemos podría ser su cambio de nombre. Según informó El Periódico, un amplio sector del partido (o por lo menos un sector cualitativo) cree que la marca Podemos está amortizada. Ha dejado de ser un activo para pasar a ser una losa. Lo cual es digno de estudio porque Podemos apenas tiene cuatro años de vida. Y en solo ese espacio, que no deja de ser un suspiro en los tiempos políticos, han sido capaces de eclosionar como una gran fuerza en todo el Estado, movilizar cientos de miles de ciudadanos indignados con la crisis y las políticas de austeridad y casi simultáneamente iniciar un proceso de destrucción, con guerras internas al estilo de las de toda la vida y una crisis de identidad que por momentos es esperpéntica.

La prueba de esta crisis sería el posible cambio de nombre, que demostraría que las ideas, la esencia del nacimiento de Podemos, habrían dejado de importar en aras de un tacticismo en el que por encima del ser se impone el estar y por delante de las ideas están las estrategias.

Donde mejor se ha visto su crisis ha sido en Cataluña. Han coqueteado con el independentismo y de alguna forma han aplaudido el discurso insolidario del España nos roba y de que los impuestos de la rica Cataluña no deben ir a parar a las comunidades más pobres. Han decepcionado a los españoles que se sienten insultados y atacados por el secesionismo catalán y también a la izquierda de siempre, que nunca ha maridado con las ideas que representa el nacionalismo. Y, por supuesto, han ofendido a quienes creen en la solidaridad entre los pueblos de España y no en el tratamiento VIP a las zonas ricas.

Si finalmente se confirma la noticia del cambio de nombre, será la prueba del algodón de lo poco claro que tiene sus principios Pablo Iglesias, que lo mismo valen para hablar de la patria que para trocearla a conveniencia; o para presumir de democracia asamblearia y actuar como un caudillo de los de toda la vida.

Cuando hay que cambiar un nombre porque comienza a dar mala imagen, quizá haya que pensar que el del nombre es el menor de todos los problemas.

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