Poco Estado y mucha patria


Vista la evasión de los muy ricos a sus paraísos fiscales o el cosmopolitismo apátrida de los grandes grupos de inversión globales, y certificada la ausencia de una alternativa internacionalista y solidaria (incluso en el seno de la Unión Europea), se venden a los ciudadanos salidas -incluso paraísos- nacionales y patrióticas que esconden otro tipo de intereses.

Así se explican, por ejemplo, el fenómeno que provocó la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el brexit y muchos otros. Y así se explica, como razonaré aquí, que la opción más votada en las recientes elecciones catalanas lo haya sido una patriótica española, mientras que la opción que liderará el Govern, la segunda más votada, sea patriótica catalana.

Dos ofertas de patriotismo que, además, tienen otro común denominador: que ambas son muy patrióticas pero con el menor Estado posible. Baste recordar que si una abandonó explícitamente la etiqueta socialdemócrata, para así embridar las demandas redistribuidoras crecientes en un Estado de bienestar español con parámetros homologados a la media europea, la otra ha sido toda una avanzadilla en la aplicación del austericidio neoliberal por la Generalitat.

En ambos casos, en consecuencia, el enfoque nacional y patriótico busca limitar el altruismo social a los del propio grupo (español o catalán), y limitarlo muy mucho fuera del grupo (en el resto de la Unión Europea, o en el resto de España). Para ambos esa limitación es la palanca básica de la cohesión social. Ya que con políticas de reducción de impuestos (a los más ricos) y de la correlativa reducción del tamaño de lo público, el altruismo con «uno de los nuestros» se nutrirá de aquello que no daremos a los de fuera.

Y así, mientras con esa componente nacional y patriótica reclaman las simpatías y apoyo de toda la población para llegar al poder (lo que podemos definir como un populismo pata negra), con la componente de devaluación fiscal e individualista cosechan poderosos apadrinamientos financieros y mediáticos.

Aunque una tal combinación suponga limitar muy mucho la redistribución de riqueza por el Estado (español o catalán, al gusto) y confiarlo casi todo a los méritos y esfuerzos de los individuos. Un pufo social comprado a lo loco por todos los convencidos de que tanto el desempleado como el que está en riesgo de pobreza se lo ha ganado a pulso.

En ambos casos la amenaza de secesión o huida de los ricos (casi siempre por razones fiscales, de mercados o de costes) se traducirá en una reiterada devaluación laboral y fiscal interna, para conseguir así frenar su secesión cosmopolita y anclarlos en la nación (española o catalana). Populismo transversal para todos los que son de los nuestros y en el que aportaremos cada vez menos recursos a lo colectivo. Poco Estado y mucha patria.

No hay apenas aquí rastro de internacionalismo civilizado e ilustrado. Ni de un creciente altruismo y cohesión social respecto a los extraños (del sur global, del resto de la UE o del resto de España, según los casos). Porque estos patriotas populistas son tribales y sin complejos; solo se mueven, si acaso, por lo que ellos definen como uno de los nuestros.

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