Es el odio, estúpido


En mi entorno catalán hay indepes, claro. Suman unos dos millones, un puñao te toca, te pongas como te pongas. Pocos discuten ya que el llamado procés ha sido deshonesto. Y mentiroso. Desde sus orígenes, pues no existió jamás motivo histórico, social, económico ni chiripitifláutico que avalara la separación de Cataluña del resto de España. Y con el tiempo vimos que también de Europa: ni un motivo.

Desde sus orígenes hasta el final, lo vivido desde septiembre… y sigue. Alfons López Tena, el señor valenciano que inventó aquello de «España nos roba» (a los catalanes) es un indepe pata negra capaz, sin embargo, de decir esto: «(...) Estos años de deshonestidad y parodia en los que el derecho de determinación se convierte en derecho a decidir, un referendo pasa a ser una consulta, unas elecciones son un referendo, la propia declaración de independencia es algo que no se sabe si se ha hecho... Todo ha sido una farsa».

Que se salpimenta con la fuga de empresas. El empobrecimiento sostenido de septiembre acá en inversiones, en empleo... El nulo reconocimiento internacional. La fractura social. El penúltimo gag: la agenda del más íntimo colaborador de Oriol Junqueras demostraba como un grupo de políticos ocultaba la realidad pues negaba en público lo que sí afirmaba en privado: que todo era imposible.

No hay catalán ajeno a esta realidad. Que no sepa que todo era una enorme estafa. Pero dos millones de personas van a seguir votando a los deshonestos, a los mentirosos. ¿Por qué? Eso se pregunta tantísima gente. Pues por el odio, oigan. Lo demás son brindis al sol. «Hay un odio al español que recuerda al odio a los judíos», sostiene Albert Boadella. El odio de una parte de Cataluña a todo lo español explica que dos millones de personas vayan a votar el día 21 por continuar con un proceso que se basó en una monumental mentira. Y en el odio. Lo saben y no les importa. Por odio al resto y caben ahí Alemania, Francia, Europa. Sí: es el odio, estúpido diría Carville. El baile empezó hace 30 años y en eso sí han triunfado: dos millones de catalanes odian.

Escribe Ignacio Camacho en su libro Cataluña, la herida de España. Mitos y claves de la revolución independentista: «Una descomunal patraña convertida en arma de destrucción masiva mediante el adoctrinamiento pedagógico y la perfecta aplicación del manual de propaganda populista. El viejo, recurrente proyecto identitario actualizado en el bucle de una distopía. Una magistral operación de agitprop envuelta en el maquillaje emocional de los mitos: la apoteosis de la ficción como soporte de la política. La llamada revolución de las sonrisas no era más que la revolución de las mentiras».

Si habrá sido fuerte, profunda, que dos millones de personas siguen aferradas a ella. Se trata de votar y ganarles. Sería el primer paso para intentar su curación. Al fin y al cabo son paisanos...

Por Tomás Guasch Periodista

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