El final de Gran Hermano


Ahora que se acerca final de año y toca hacer balance de lo que nos ha dejado este 2017, no hay duda de que televisivamente hemos asistido a la crónica de una muerte anunciada. Este 2017 que se nos va ha fijado la fecha del final de un reality que vimos nacer con la ilusión de aquel grupo de chicos liderados por Ismael Beiro en el año 2000, como un experimento «sociológico», decíamos entonces. Gran Hermano nos revolucionó y nos polarizó como espectadores en dos bandos encontrados, a favor y en contra de una nueva manera de hacer televisión. Pero diecisiete años después, que son muchos años, el reality por excelencia no ha podido más, por mucho que sus creadores no se hayan atrevido a hacerlo oficial. No es necesario. Ni siquiera en el posible caso de que «resucitasen» a su gran mentora, la supersónica Mercedes Milá como presentadora, el programa no sería capaz de remontar, porque somos los propios espectadores los que le hemos dado la espalda. Los que hemos decidido que no soportábamos más este empacho de edredoning, de gente tediosa haciendo nada. Así que más allá del desgaste de Jorge Javier, agonizado por el narcisismo de su ubicuidad, y más allá del aburrimiento de un casting repetidísimo, los espectadores nos hemos hartado de una televisión clónica que se ha reproducido hasta la saciedad en formatos heredados de este Gran Hermano primigenio. Nos hemos cansado de ver a los mismos haciendo lo mismo, nos hemos aburrido de ver a los mismos debatiendo lo mismo, y al mismo presentador en platós que parecían el mismo. Por eso Gran Hermano ha muerto. Porque hoy casi nadie sabe quién ganó esta última edición.

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