Parábola para párvulos


Érase una vez un país con solo dos habitantes, el catalán y el gallego, que decidieron gastarse en copas toda su renta. El catalán disponía de 150 euros y el gallego de 100. Se bebieron toda la pasta, pero, precavidos ellos, acordaron establecer un recargo del 20 % sobre cada cubata engullido para abonar las curas de la resaca del día después. Recaudaron, pues, 50 euros en concepto de IVA: 20 los aportó el gallego y 30 el catalán.

Al día siguiente comenzaron las quejas del catalán: había pagado en impuestos un 50 % más que el gallego, olvidando que también había bebido 1,5 veces más que su colega. Disponía del 60 % de la renta total y aportaba el 60 % de los ingresos tributarios (léase 19 en vez de 60 y saltamos de la parábola a la pura realidad). Pero tampoco el gallego se mostraba eufórico, porque consideraba injusto el sistema tributario establecido: la copa del pobre soportaba un recargo idéntico a la del rico. Amparándose en la máxima de «que pague más el que más tiene», propuso cambiar el IVA por un impuesto progresivo como el IRPF, con dos tarifas: del 20% para una renta de 100 euros y del 30 % para una renta de 150 euros. El gallego pagaría entonces 20 euros, el catalán 45 y la recaudación pasaría a 65 euros.

(Oriol Junqueras y sus economistas de referencia mantenían, antes de que el nacionalismo se echase al monte, que Cataluña debía pagar al Estado como máximo lo que representa su PIB: casi la quinta parte de la economía española. Es decir, el catalán de la parábola debía pagar menos que el gallego por cada copa que tomase o, como máximo, exactamente lo mismo).

Concluida la fiesta, los dos colegas se enzarzaron en la discusión sobre el reparto del dinero recaudado que, como sabemos, se destinaba a rescatar la salud del exceso alcohólico. Sostenía el catalán que a él le correspondía más de la mitad, porque había contribuido con más dinero al fondo común. Replicaba el gallego que a partes iguales, porque ambos tenían derecho al mismo galeno y a similar asistencia, incluso algo más costosa en su caso por su avanzada edad y otras idiosincrasias galaicas.

(Un sistema equitativo de financiación autonómica debe igualar la prestación de servicios básicos que prestan las comunidades. Los servicios mínimos fundamentales son indivisibles en cada comunidad: ni el niño rico ocupa pupitre y medio en el colegio ni el paciente pobre cabe en media cama del hospital público. La misma ley debería regir en el seno del Estado, entre otras razones para evitar que haya españoles de primera y españoles de segunda).

La farra del catalán y el gallego acabó como el rosario de la aurora. El catalán echó cuentas y se indignó: había pagado cinco euros más de los que recibió. El gallego también anda irritado: víctima de un sistema insolidario y, por encima, acusado de robarle al colega. Para mayor inri, el árbitro designado para conciliarlos se inclina por apaciguar al catalán a base de talonario. Y ni siquiera hablamos del aspecto más espinoso del asunto: la redistribución de la renta. Eso que llaman solidaridad.

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