Jerusalén


Ya desde la historia más antigua ha habido ciudades objeto del deseo de numerosos conquistadores: Atenas o Roma; o más modernas como Berlín o París. Sin embargo, no ha habido ninguna que haya sido y siga siendo objeto de tanta disputa como Jerusalén. La milenaria ciudad es quizá, desde la proclamación del estado de Israel en 1948, el asunto más espinoso del enfrentamiento entre árabes y judíos y uno de los escollos que impide alcanzar la tan deseada paz.

Ciudad sagrada para las tres grandes religiones monoteístas y capital de Israel, es una herida abierta en el corazón de todos los musulmanes. Capital del mítico rey Salomón, sufre una compartimentación forzada por la imposibilidad de llegar a un acuerdo para una convivencia pacífica, sobre todo, entre musulmanes y judíos. La resistencia numantina de los árabes a ser nacionalizados como israelíes y la progresiva ocupación judía no han hecho sino agravar la tensión que estalla, de manera regular, en la explanada de las Mezquitas.

La comunidad internacional, muy consciente de lo sensible que es esta cuestión, siempre se ha abstenido de abrir legaciones diplomáticas de primer nivel allí. Hasta ahora, que Trump ha decidido trasladar la embajada de EE.UU. de Tel Aviv a Jerusalén. Este gesto supone un reconocimiento de facto de la capitalidad de esta urbe siempre negada por los árabes. Pero, sobre todo, es un apoyo sin condiciones a la idea de dos estados y, por ende, el respaldo a Israel. Un giro en la diplomacia estadounidense que siempre ha procurado mantenerse equidistante en una región en la que tiene múltiples intereses y que puede suponer el revulsivo que esta necesita para una reconfiguración más racional.

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