La idea y la voluntad


La reforma de la Constitución se ha convertido ya en un lugar común al que algunos partidos fían la solución de todos los problemas que nos aquejan. Y es probable que sea conveniente abordarla, o cuando menos someterla a una profunda ITV. Pero no puede ser ni la excusa para cuestionar el sistema político ni el pago de un chantaje. El problema es que la reforma constitucional es ya moneda de cambio político, y eso nunca lleva a nada bueno, porque se pierde la referencia de su valor. Una constitución es la plasmación del consenso político de una sociedad, es la materialización del espíritu de un país con ánimo de permanencia. Por eso, lo importante no es el texto, sino la idea. Por eso, hay países, como los anglosajones, en los que manda más la tradición política que el cuerpo normativo en sí. Justo lo que falla en España.

La clave no es tanto el supuesto agotamiento de la Constitución como la quiebra de la voluntad política de entendimiento sobre el espacio común definido en la Carta Magna. Es decir, falla más la acción política que el texto constitucional, porque los mismos preceptos se pueden aplicar de formas radicalmente diferentes. Las grietas que abre el paso del tiempo son subsanables con la adecuada jurisprudencia constitucional. Lo demás queda a merced de la responsabilidad de los partidos, que falla más que la Carta Magna. Las filtraciones en instituciones que deberían ser independientes y su contaminación por intereses partidarios no son culpa de la Constitución, sino de la mala fe y el expansionismo de las fuerzas políticas. Lo mismo cabe decir del modelo territorial, atirantado por quienes lo miran desde la insolidaridad y la deslealtad. Más problemas genera un sistema de financiación insuficiente, opaco, complejo y parcheado para satisfacer intereses políticos coyunturales, que acaba echando más gasolina al fuego del victimismo que tantos réditos electorales da en todas, absolutamente todas, las comunidades.

Es conveniente una reforma constitucional. Y no pasa nada por hacer retoques. Pero lo verdaderamente apremiante es cambiar la voluntad de los partidos, porque si no la reforma es imposible y, además, no serviría para nada. No caben ni el inmovilismo a la espera de que salten las costuras ni, en sentido contrario, plantear una quiebra del sistema. La idea debe ser recomponer consensos sobre lo que nos une para rehabilitar el edificio que nos acoge a todos para hacerlo más cómodo y hospitalario.

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