«El largo de mi falda NO te dice que sí»


Desde que hace casi dos semanas comenzó en la Audiencia Provincial de Navarra el juicio por violación contra los jóvenes conocidos ya como La Manada he sentido la necesidad de salir a la palestra para combatir una idea demencial, y machista hasta la médula, que ha sobrevolado de forma constante la estrategia que, en defensa de los cinco procesados, han patrocinado con más o menos claridad algunos sectores de opinión: la de que el juicio moral y hasta jurídico que toda violación ha de merecer debería depender del aspecto o las costumbres de la mujer presuntamente violada, por más que esta no haya consentido en absoluto en mantener ningún tipo de relación sexual con quien o quienes están sentados en el banquillo por haberla forzado a hacer lo que no quiere.

Por eso, aunque desde el pasado 3 de septiembre he dedicado a la gravísima crisis provocada en España por la rebelión secesionista todos los artículos -37 en total- que he publicado en El ojo público los miércoles, viernes y domingos, hoy cambiaré de tema, para apoyar el lema tan brillante como certero que, contra una de las más repugnantes manifestaciones de la violencia que sufren las mujeres -la violación-, han creado un grupo de estudiantes de cuarto de la ESO del instituto andaluz Luca de Tena. «El largo de mi falda NO te dice que sí», dice su eslogan.

En efecto, ni el largo de mi falda, ni mi escote, ni ninguno de los componentes de mi forma de ir más vestida o desvestida; ni mi forma de moverme o de bailar; ni mi tendencia al coqueteo, si fuera el caso; ni, si tal fuese mi gusto, mi eventual promiscuidad. Porque en una sociedad civilizada, donde debe respetarse a rajatabla la libertad personal -y, por tanto, la libertad sexual-, de las mujeres, nadie tienen derecho a interpretar como un SÍ, basándose en cualquiera de esas circunstancias, lo que se expresa claramente, con palabras o con gestos, como un NO.

Por eso, la violación, que fue en el pasado un delito contra el honor, lo es hoy contra la libertad con toda la razón. Por eso, si una mujer hubiera comenzado una relación sexual y, por lo que sea, no quisiera continuarla, forzarla a hacerlo sería una violación. Y por eso, si una mujer hubiese aceptado mantener una relación sexual con varios hombres y luego decidiese no tenerla con uno de ellos, con varios o con todos, forzarla a hacer lo que no quiere sería también una violación. Apreciar la existencia o no de un delito de violación solo puede depender de un único criterio: de la libre voluntad de la mujer, voluntad que jamás puede verse prejuzgada por su aspecto o sus costumbres y que solo dependerá de la expresión de un inequívoco consentimiento por su parte.

Quien todavía dude, que vea Acusados, el estremecedor film en el que el gran Jonathan Kaplan explica, en la piel de una portentosa Jodie Foster, lo que al parecer algunos no son aun capaces de entender: que, aunque baile lúbricamente, cuando una mujer no quiere es que no quiere.

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