¿Y quién pagará los estragos del «procés»?


El llamado procés, neutro apelativo con el que el independentismo intentó disfrazar el más grave atentado sufrido desde 1978 en España por las instituciones y las libertades democráticas, se ha hundido en un charco de cobardía, payasadas y traiciones, prueba irrefutable del irresponsable aventurerismo de quienes, dentro o fuera de Cataluña, han impulsado, apoyado o justificado la sedición.

El procés es sin duda la página más vergonzosa de la reciente historia catalana, tanto que los historiadores (¡es un decir!) dedicados a manipularla preparan ya la versión patriótica de ese naufragio pavoroso. Estén seguros: el procés no tardará en sonrojar incluso a quienes siguen alzando su voz defendiendo el esperpento que, para hartazgo general, ha tenido durante muchos meses a nuestro país paralizado.

Sin embargo, ningún independentista pedirá disculpas a los cientos de miles de catalanes cuya convivencia con familiares, amigos y compañeros de trabajo ha sido destrozada por la locura del procés. Ninguno reconocerá el daño inmenso que el disparate de la rebelión ha causado a la imagen de Cataluña y a la de España en su conjunto. Ningún rebelde admitirá que la pretensión de hacer de Cataluña una república independiente suponía, desde el principio, un auténtico delirio. Ninguno de los nacionalistas que, fuera de Cataluña, han apoyado ese monumental desaguisado reconocerá el gravísimo error en que han incurrido al confiar en unos facinerosos, que, eran, además, unos cantamañanas formidables. Ni, en fin, ninguno de los nacionalistas ni de los podemitas que propalan la mentira de que en España hay presos políticos se atreverá a reconocer lo que en su fuero interno saben ya la mayoría: que de no haber venido el Estado, 155 en mano, a resolver el gravísimo problema provocado por la rebelión nacionalista, Cataluña sería hoy un territorio a la deriva y España habría perdido todo el prestigio trabajosamente ganado durante las cuatro últimas décadas.

Y es que aquí, al parecer, no ha pasado absolutamente nada. Tanto que -no les quepa duda- ninguno de los dirigentes de partido que han metido a Cataluña y al resto del país en su mayor crisis constitucional desde 1978 dejara la política tras el inmenso fiasco del procés.

Como ninguno de los rebeldes, más allá de las responsabilidades que puedan determinar los tribunales, se hará ni política ni económicamente responsable del despilfarro provocado por la rebelión y por la acción pública que para pararla han sido indispensable.

Millones y millones de euros que podrían haberse gastado en tantas necesidades que aun quedan por cubrir y que se han ido por el desaguadero de la aventura en la que nos han metido unos políticos insensatos y majaderos cuya pretensión es, ¡nada más y nada menos!, la de volver a mandar en Cataluña. Así, como si nada hubiera pasado, cuando ha pasado lo peor que cabía imaginar.

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