Políglota, pero no dice la verdad


Puigdemont cogió un coche, cruzó los Pirineos, llegó a Marsella y de ahí un avión lo puso rumbo a Bruselas. El viaje lo hizo a escondidas y fue la demostración palpable de que este hombre y sus secuaces viven instalados en una realidad paralela a la que capeamos el resto de los mortales. El cambio ilegal de las normas básicas de la democracia, el menosprecio a los partidos de la oposición, la pantomima de un referendo con urnas llenas de papeletas antes de que se celebrase la votación, su proclamación de la república independiente de Cataluña y lo que parece la conformación de un gobierno en el exilio han sido las bazas jugadas durante meses en un desafío soberanista que más se aproxima a una película de terror.

Ayer, al escuchar a Puigdemont ante los periodistas de todo el mundo sorprendió un hecho: su facilidad para los idiomas -habló en castellano, catalán, inglés y francés-, lo que no es muy propio de la clase política española, y que en ninguno de ellos dijese nada coherente. Explicó, por ejemplo, que él era el presidente legítimo del Gobierno de Cataluña -se olvida de que ya no lo es, desde la aplicación del artículo 155 y porque dentro de poco se tendrá que enfrentar a un juicio por rebelión, sedición y malversación de fondos públicos-. También aseguró que no quería pedir asilo, ni quería escapar de la Justicia, pero a renglón seguido advirtió que regresará a España cuando tenga asegurado que será juzgado con todas las garantías, incluida la relacionada con la división de poderes (ejecutivo y judicial). Con voz segura y clara dio a entender que tenía una apretada agenda de contactos internacionales, pero, por lo que se ha sabido, ninguna institución tiene previsto recibirle. Sin embargo, hay que reconocerle un logro: el ex molt honorable ha logrado lo que quiso meses atrás, que era internacionalizar el conflicto que se vive en Cataluña y, de paso, abrir una crisis política en Bélgica.

Al final de su comparecencia -en una sala privada que se vio obligado a alquilar- Puigdemont se levantó sin haber convencido a nadie porque su discurso estuvo lleno de falacias, eso sí, esta vez argumentadas en cuatro idiomas.

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