El esperpento catalán


No tenemos hoy un Valle-Inclán capaz de escenificar el último esperpento del Parlamento catalán, y se nota. Porque incluso él tendría dificultades hoy para captar e incluir todos los toscos matices de tal bufonada. Vi el show por televisión y no pude evitar el recuerdo del aquel sepulturero de Luces de bohemia que sentencia: «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza». Y entonces me di cuenta de lo muy española que es Cataluña. Tan española como el resto. Valle-Inclán amaba su tierra (Galicia, Madrid y España entera) y por ello era implacable en su crítica. «Este pueblo miserable -nos dijo- transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras». Tenía razón. Porque, al ver ahora cómo eran tratados en el Parlamento catalán todos esos grandes conceptos, solo pude ponerle un reparo: el cuento no era de costureras sino de políticos avezados que quizá no tengan unos principios muy consistentes, pero que sí tienen unos fines muy interesados. La prueba de ello fue el resultado de la votación. Un resultado previsiblemente estéril, pero revelador de un problema pendiente de solución. Tardaré en olvidar esa desfachatez y esa miseria que debilita peligrosamente la capacidad de algunos para alcanzar acuerdos.

Tengo buenos amigos catalanes y a algunos de ellos les he preguntado cómo veían lo que estaba ocurriendo. «Pues mal», me respondían, pero nunca acababan de explicarse con claridad. Y cuando yo se lo reprochaba, llegaba la frase oscura: «Es que no es fácil de arreglar, unos malos pasos han llevado a otros y nadie ha acertado a corregirlos». Uno ellos fue más adelante y añadió: «La situación es grave, pero no seria, como decía el periodista italiano Ennio Flaiano. Ahora parece que el mundo se divide entre catalanistas y anticatalanistas, pero es una división pasajera». ¿Será así?

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