Las dudas de cierta izquierda


cuesta entender desde una perspectiva progresista la posición de cierta izquierda, esa que encabezan Pablo Iglesias y Ada Colau, ante el conflicto catalán. Su papel de compañeros de viaje del independentismo. Su insistencia en el diálogo o la mediación después de que Puigdemont dinamitase el último puente: lo hizo el día en que se comprometió a obedecer el mandato del referendo ilegal. Su seguidismo del argumentario soberanista, en vez de exigirle al president que convoque elecciones y nos ahorre el caos que viene, del cual saldrán triunfantes la derecha más centralista y el nacionalismo más extremo. Su rechazo frontal del artículo 155, un ariete que existe para ser usado cuando todas las puertas están cerradas a cal y canto.

Cuesta entenderlo, porque en Cataluña no se dirime la lucha final de los parias de la tierra, ni la revolución argelina de Ben Bella y Franz Fanon, ni la emancipación de colonia alguna, ni el frustrado intento de los griegos de sacudirse el opresivo yugo de la Troika, ni siquiera la suerte de los desahuciados que abanderaba Ada Colau. Todas esas batallas, libradas dentro o fuera de la ley, despertaban la simpatía o al menos la comprensión de los desheredados. Pero esta es una revolución de ricos, insolidaria en sus fundamentos, promovida desde coches y despachos oficiales. Por eso resulta incomprensible el coqueteo de cierta izquierda con esa deriva del nacionalismo catalán que Maxime Forest calificó, en las páginas de Libération, periódico poco sospechoso de derechismo, de «obtuso y excluyente».

Creo que la ambigüedad de esa izquierda nace de una confusión: identificar a Rajoy con España, al Gobierno con el Estado. Y por eso le cuesta colocarse por una vez en la trinchera del aborrecido Rajoy. Cuando el nacionalismo catalán se echó al monte al grito de «¡España nos roba!», el populismo lo tradujo por «el PP nos roba». Los demás lo interpretamos correctamente: a Cataluña no le roba el PP (no más que Pujol y familia), le robamos los gallegos, los extremeños o los andaluces. Las balanzas fiscales, el arma esgrimida entonces por Oriol Junqueras, eran la carga de la prueba.

Los efectos de la confusión entre Gobierno y Estado suelen ser los contrarios a los deseados. Fustigas al Gobierno con el látigo de Puigdemont, y fortaleces a Rajoy y debilitas al Estado. Tú mismo pierdes plumas en el envite. Mientras Cataluña acapare la agenda nacional, el Gobierno está inmune a otros virus. La corrupción ha pasado al desván del olvido y Rajoy ha sido indultado por Puigdemont. Que Montoro decida saltarse la Constitución y aplazar sine die los Presupuestos, ¿a quién le importa? Las pensiones, los jóvenes sin empleo, la exclusión social... No me distraiga, por favor, que tengo la cabeza en Cataluña.

Pues ya que estamos allí, les diré: el Estado vencerá. O por las bravas, lo que sería pernicioso para Cataluña, malo para España y sumamente inquietante para el Estado de las autonomías. O porque Puigdemont tira la toalla, vuelve al redil y convoca elecciones: la salida que debería aconsejarle toda la izquierda.

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