La mañana amaneció sofocante. El cielo estaba gris, pero lo achaqué a la proximidad de los coletazos de Ophelia. Craso error. Al avanzar con el coche por el puente de Rande y, sobre todo, al recorrer la carretera que bordea la orilla norte de la ría de Vigo, era evidente que no se trataba de niebla matutina, sino de un humo denso proveniente de varios fuegos simultáneos. Un paisaje apocalíptico: humo en Redondela, en Valladares, en Nigrán...
Por la tarde el olor ya era insoportable y el humo asediaba a la ciudad. El sol era una esfera rojiza intentado abrirse paso por el denso humo que cubría la ría. Llegada la noche, las noticias aumentaban la inquietud. Los accesos desde Ourense y Portugal cortados, la Universidad amenazada, el CEIP de Valladares asediado por el fuego. Al rato, la avenida de Europa y el barrio de Navia en peligro, después la calle de la Florida. Una amiga indignada clamaba contra el fuego que había obligado a desalojar el Centro San Rafael, donde su hijo con parálisis cerebral está ingresado.
Durante todas esas horas de inquietud, la rabia y la impotencia me acompañaron hasta que llegó la una de la madrugada. Alguien prendió fuego a unos pocos metros de mi casa, en pleno centro de la ciudad. Confieso que, por unos instantes, pasé miedo, no un miedo paralizante, pero sí un miedo de desconcierto, de desconocimiento, de angustia. Pero solo fue un susto. Los vecinos de todos los edificios salieron a la calle para apagarlo. No puedo describir con palabras el orgullo que siento por mis vecinos y por todos los vigueses que decidieron ayudar con cubos, mangueras y lo que hiciera falta, con mucha más voluntad que experiencia. Esta ciudad, en la que, a veces, parece que todos estamos contra todos, sabe sacar lo mejor de cada persona cuando es necesario. Lo mismo que sucede en el resto de Galicia. Porque los gallegos somos así. Muy nuestros, muy de nuestro terruño, muy de defender nuestras cuatro paredes, pero cuando algo nos amenaza a todos como pueblo, arrimamos el hombro como nadie. Y con eso me quedo, con nuestra solidaridad y con el deseo de que los culpables sean detenidos. Los culpables, que ya no son solo pirómanos, sino homicidas.