Diálogo


Todos hablan de diálogo. Pero cada uno quiere decir cosas diferentes, incluso contradictorias, con la misma palabra. De modo que tan noble vocablo ha degenerado en eso que algunos llaman significante vacío, un término cuyo significado se construye a medida, según los intereses y poder de cada cual para imponer su contenido en la conversación social. Es una concepción estratégica del término que desde la perspectiva secesionista tiene más de chantaje que de diálogo, porque en realidad hacen un uso metonímico de la conversación para, con ella, ser reconocidos como lo que no son, una instancia políticamente equivalente al Gobierno de un Estado, y para imponer los términos de la discusión, la independencia. Nada que ver, por lo tanto, con el verdadero diálogo. Pura manipulación propagandística con la que pretenden engañar a propios y, sobre todo, extraños, es decir a Gobiernos extranjeros. Pero no han picado, y la soledad internacional de los independentistas es absoluta. Y así no tienen ninguna posibilidad, como parece haber asumido, aunque muy tarde, Artur Mas. Falta que se lo haga comprender a quien dejó de sucesor, Puigdemont. A ver si lo convence para que abrace el verdadero diálogo, el diálogo socrático, el que parte de la realidad para buscar, en leal cooperación, la verdad, que en este caso es lo posible, lo justo y lo que conviene a todos, no a una parte. Porque es cierto que en el fondo hay un problema político que se debe resolver con instrumentos políticos. Pero para ello es condición indispensable el reconocimiento previo de un espacio político común, que es el delimitado por la ley. Es decir, Puigdemont debe deponer la declaración de independencia. De lo contrario, hace imposible cualquier diálogo.

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