Volar por sí sola, un sueño

Octavio del Campo TRIBUNA

OPINIÓN

08 oct 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Este apresurado movimiento de empresas catalanas, cambiando su domicilio social o fiscal, o los dos, o que modifiquen las etiquetas de sus productos para que el mercado español no reaccione minorando sus compras, tiene dos explicaciones: por un lado, el tratamiento casi en exclusiva del proceso independentista como un problema jurídico-político y no como uno de capacidad social y, sobre todo, económica; y, por otro, una actitud general de que lo mejor era esperar al último momento para ver cómo discurren las aguas y mojarse lo menos posible.

Sin embargo, los acontecimientos han ido más allá de lo esperado, evidenciando por vez primera los efectos socioeconómicos de la formación de un estado catalán independiente, siendo un hecho que la acción pedagógica ha sido nula en este punto. Algo que desde Cataluña es fácil de entender, no van a tirar piedras contra su propio tejado, los problemas del procés mejor obviarlos. Sin embargo, a nivel nacional no es fácil entender por qué la exclusiva defensa de la unidad a partir del incumplimiento de la legalidad. Es que, señores, hay más que contar.

A tales efectos, una relación de estos problemas es la que a continuación se refleja: inseguridad jurídica; pérdida de su principal mercado, que es España; visión de un estado que va contra la ley, algo internacionalmente imperdonable; pérdida del amparo financiero del BCE; bloqueo de las políticas comunitarias, y por ello el jugar con unas nuevas reglas del juego; y, además, financiar un nuevo estado con todo su aparato administrativo. Y recordar que los estados no crean riqueza, sino que prestan servicios, por sí solos los estados no producen nada.