Cambios de parejas en Oriente Medio


Un rey saudí de visita cuatro días en Rusia es una estampa solo ligeramente menos improbable que un presidente iraní pasando una mañana de visita oficial en Estados Unidos. Esta semana se ha dado esa rareza. Pero las rarezas, en política internacional, no son anomalías sino señales de un cambio.

Las razones para ese cambio pueden ser varias, pero hay una principal: el final de la guerra civil en Siria que, tras más de seis años de tragedia, se encamina hacia una conclusión que quizás no sea mucho menos trágica que el conflicto en si. Las potencias externas que han estado apostando a un bando u otro -y a veces a los dos, porque de todo ha habido- van recogiendo la mesa de juego y contando las fichas. Rusia ha apostado al ganador, Bachar al Asad. Arabia Saudí apostaba a los perdedores, varias de las milicias islamistas. No es, por tanto, extraño que Moscú y Riad dialoguen: el primero tiene interés en acelerar el final de partida, el segundo en suavizar sus consecuencias.

La obsesión saudí

Hay algo más. Con esta visita a Moscú, Riad sigue pregonando su alejamiento de Estados Unidos, el aliado histórico. Es una deriva que ya comenzó en la presidencia de Barack Obama, cuando los saudíes creyeron que Washington les estaba abandonando para buscar una coexistencia pacífica con Irán, la gran obsesión del reino saudí. La política exterior de Donald Trump, errática y absentista, ha terminado de empujar a los saudíes a un compleja, contradictoria -y peligrosa- red de alianzas. Los saudíes se ven ahora como un agente libre. Y finalmente, está el petróleo, al que popularmente se atribuye un papel crucial en todas las crisis. No lo tiene tan a menudo como se cree, pero sí en este caso. Rusia y Arabia Saudí son ahora los dos mayores productores mundiales de crudo, y han sufrido enormemente la larga era de precios bajos de los últimos años. Desde hace algún tiempo que trabajan para reducir la producción y subir los precios.

Otro cambio en Oriente Medio puede ayudarles algo en ese sentido. La declaración de independencia del Kurdistán iraquí ha llevado a sus vecinos (Irán, Irak y Turquía) a unirse para bloquear sus fronteras y, por lo tanto, su exportación de petróleo, lo que por sí solo puede hacer aumentar el precio en los mercados. Es cierto que Rusia ha criticado esta medida, pero también esto tiene una explicación: su gran empresa energética Rosneft ha invertido mil millones de dólares en la infraestructura petrolera de Kurdistán.

También esta independencia de Kurdistán hay que situarla en el contexto del inminente final de la guerra en Siria. Los kurdos quieren anticiparse precisamente a estos acuerdos entre potencias que ya se empiezan a tejer. Temen que les dejen a ellos sin el Estado soberano que, de manera más o menos velada, les había prometido Estados Unidos por su ayuda en la derrota del grupo terrorista Estado Islámico. Pero ahora a Washington le han entrado dudas. Ahora les parece que un Kurdistán soberano en medio de una región con grandes minorías kurdas en los Estados vecinos supondría un nuevo foco de inestabilidad. Y, por supuesto, está la recurrente indefinición de la política de Estados Unidos en Oriente Medio, una mezcla de indecisión y sobre-reacción que quizás refleje la personalidad del presidente.

¿Es, pues, un nuevo Oriente Medio el que está naciendo? En realidad, Oriente Medio siempre está cambiando y siempre permanece igual. Su maldición es que aquello que lo hace un polvorín es justamente lo que parece que no cambia nunca.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
20 votos
Comentarios

Cambios de parejas en Oriente Medio