El discreto oleaje del cosmos


Físico teórico de la USC

Pocas veces en la centenaria historia del Nobel ha estado tan claro quiénes habrían de llevárselo. El descubrimiento experimental de la existencia de ondas gravitacionales por parte del laboratorio LIGO representa un hito en la historia de la astronomía, semejante al momento en el que Galileo observó por primera vez con su telescopio las lunas de Júpiter, precipitando el derrumbe de la cosmogonía de su tiempo. Todos los telescopios de los últimos cuatro siglos observaron la luz emitida por estrellas, galaxias y otras fuentes luminosas astronómicas. Extraordinario, sí, pero insuficiente.

Albert Einstein presentó en 1915 la teoría de la relatividad general que, en apretada síntesis, nos dice que el espacio-tiempo se curva debido a la presencia de objetos masivos, al tiempo que estas rugosidades son las que fuerzan a los astros a seguir sus órbitas. Como si el universo fuera una membrana elástica, en tensión como el parche de un tambor, deformada por los astros que se posan sobre ella. Si golpeamos el tambor con una baqueta, continuará oscilando aún después del contacto. La intuición nos dice que vibraciones análogas en el espacio-tiempo serían producidas por masas en movimiento acelerado. Einstein lo demostró en 1916.

El espacio-tiempo es una membrana extremadamente rígida: son necesarias masas enormes concentradas en regiones pequeñas para producir una modesta curvatura. Por ello, la búsqueda de ondas gravitacionales se concentró en sistemas binarios muy masivos y que se acercan con gran rapidez; desde los fallidos intentos de Joseph Weber en 1969 hasta la obstinada determinación de Rainer Weiss, Kip Thorne y Ronald Drever, quienes defendieron contra viento y marea la posibilidad de observar este casi imperceptible oleaje del universo. Drever murió hace pocos meses, por lo que la terna del Nobel se completó con Barry Barish, responsable de llevar a buen término el quijotesco proyecto.

La primera detección se produjo el 14 de septiembre del 2015 a las 4.50 de la mañana en Luisiana y, siete milésimas de segundo más tarde, en Washington. Hace un mes y medio fue observada la cuarta, con la participación de un tercer detector ubicado en las afueras de Pisa. El futuro luce promisorio. A partir de este sutil oleaje que nos alcanza desde los confines más remotos del cosmos podremos comprender mejor su historia y acercarnos a sus dos misterios más desconcertantes: el big-bang y los agujeros negros. Honraremos, así, nuestra curiosidad por conocer minuciosamente todos los aspectos del universo que nos legó un tal Albert Einstein.

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