Y después, ¿qué?


Ni Cataluña será independiente, aunque los secesionistas la proclamen, ni recobrará la normalidad porque no haya 1-O. Hay un problema que trasciende el referendo ilegal y que al confundirse con este impide ver el bosque. Porque una cosa es el intento golpista, que es necesario parar por una elemental cuestión de legalidad y de legitimidad democrática, y otra distinta es la crisis política de fondo. Una crisis que los soberanistas han utilizado como caldo de cultivo para inocular el virus de la ruptura con el Estado y extenderlo por todo el tejido social catalán. Y ese conflicto ha sido aprovechado oportunistamente por otros que basan toda su acción política en un intento de deslegitimar el sistema constitucional. La crisis económica fue el epicentro de una sucesión de temblores que se han manifestado progresivamente en forma de crisis social, política, institucional y territorial. No solo no se entienden unas sin otras, sino que al retroalimentarse han ido ganando en intensidad. La crisis económica fracturó la sociedad y provocó una riada de damnificados. Una enorme bola de rabia que unos han agitado contra el sistema político y otros contra el Estado. Alimentada, además, por el inmovilismo de quienes se han atrincherado en las instituciones para preservar el statu quo y negarse a cambios que son tan necesarios como el oxígeno. España necesita reformas tanto como un cambio en las actitudes. Deponer el victimismo cainita que enfrenta a los unos contra los otros, y que en su día también agitaron quienes ahora lo padecen; y operar en términos de lealtad, solidaridad y responsabilidad. Y sería bueno que esos cambios incluyeran los de personas. Pero todo eso que habrá que hacer después porque no se ha hecho antes es ajeno al 1-O, que solo es un intento de golpe.

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