El recuento mágico del 1-O


Madrugadora, la Guardia Civil irrumpió en la Generalitat y desmontó, con detenciones de altos cargos independentistas, la organización del referendo del 1-O. De repente, la palabra democracia se convirtió en un arma arrojadiza, casi en un anatema. Y el espacio central, el del equilibrio, allí donde se agazapan los consensos, se evaporó. Solo hubo dos bloques, por momentos irreconciliables. Uno defendía que el que la hace la paga y puso de manifiesto todas las ilegalidades y trampas de esa rebelión mal llamada procés. El otro, formado por independentistas (y por españolistas tan amigos del caos como enemigos de Rajoy), subió el tono y usó palabras de altísimo voltaje como estado de excepción o presos políticos.

En el medio de este choque de trenes, escenificado en casas, bares, centros de trabajo y redes, quedó una pequeña rendija para el vagón de los que intentaban mirar más allá del 1-O, la verdadera batalla. El escenario político catalán y español puede verse afectado de manera radical si se les da a los independentistas munición electoral para tapar lo que ha sido un disparate y un fracaso: el referendo está desmontado por la acción policial y judicial. Y estaba deslegitimado en origen por todas las mentiras, posverdades e irregularidades que ayudaron a su tramitación.

Hay cosas que no son opinables. Una es que se pueda votar de forma democrática sin garantías y sin respetar la ley. Así ganaron en las urnas muchos dictadores. Así quería ganarlo Puigdemont. Con un simulacro. Con trampas y fantasía. ¿Alguien más allá de los Pirineos reconocería el resultado del 1-O tras un recuento mágico solo controlado por jueces secesionistas? ¿Tendrán ya las cifras? Se admiten apuestas.

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