Por qué hemos llegado hasta aquí


Me divierte la prosa de Petros Márkaris y por tal motivo acudo a menudo a sus libros. Una de estas tardes que anuncian otoño, como un violín acariciando las faldas de Monterrei, me fui con La muerte de Ulises. El protagonista del relato es un anciano griego que, cuando atisba el final de sus días y afanes, toma la decisión de que lo entierren en el lugar en que empezó a soñar: Estambul. Y a mí, en un proceso preocupante de retroalimentaciones y nexos, se me ha ido la cabeza otra vez con la cosa del independentismo catalán y sus camaradas independentistas gallegos, desde el juez que participaba en la misma manifestación que Arnaldo Otegi, a la líder de un BNG que está empeñado en llevar la contraria al futuro y representar a la mínima expresión de Galicia. La de verdad, no la que ellos se inventan. Dejémoslo. Por ahí no voy a ninguna parte. Vuelvo a Ulises, el de la novela de Márkaris, que quería regresar al lugar donde empezaron sus sueños y delirios. ¿Dónde iniciaron su marcha los del procés y por qué hemos llegado hasta aquí?

Todo empezó cuando el peor presidente de la reciente historia democrática española, Rodríguez Zapatero, dijo que el Estatuto que viniese de Cataluña sería el que los suyos apoyasen. Y lo apoyaron, ciertamente. Hasta que se lo tumbó, en catorce puntos, el Tribunal Constitucional. Ahora resulta que la culpa es del PP, por recurrirlo. Cómo para no hacerlo. Alguien tendría que contestar a las pretensiones catalanistas, que iban desde su propia Hacienda hasta la imposición unidireccional de la lengua catalana. Ese fue el primer paso. El segundo fue el consentimiento de todos los desaires legales y desprecios morales del independentismo catalán. No cumplían las leyes, y se lo consintieron. Fueron muchas las sentencias a favor de padres que querían una educación distinta en Cataluña. Muy pocas, o ninguna, las que se cumplieron. Es como si tuviesen patente de corso. El Gobierno miraba para otro lado y dejaba hacer a aquellos que con su soberbia y su petulancia se creían, y se creen, mejores que el resto de los españoles.

También se consentía que persiguiesen a «unionistas», que quemasen banderas o fotografías del rey, como si fuese un acto cívico, y hasta algunos miembros preponderantes de la política madrileña veían todo esto con buenos ojos porque era la única vía real para romper con el sistema. En Galicia recibían a estos héroes y heroínas (quiero ser políticamente correcto en el lenguaje) el 25 de julio. Son de los nuestros, parecían afirmar, ufanos.

Se consintió también que votasen, ilegítimamente, hace tres años. Como si fuese normal saltarse la ley. Y no contentos con el desprecio que día tras día mostraban hacia nosotros, hasta la vicepresidenta del Gobierno se montó una oficina para negociar lo que no se puede negociar.

Ahora es tarde. Todo lo que se haga pudo haberse hecho anteriormente. Sobraban los motivos. Volver al pasado es un modo de aprender. Todos los Ulises lo hicieron.

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