Síndrome de alienación patriarcal

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Todo parece indicar que sobre las decisiones judiciales que se están produciendo respecto a la custodia de los hijos de Juana Rivas y Francesco Arcuri, planea el síndrome de alienación parental (SAP), presunto trastorno psicológico achacable al progenitor o progenitora que predispone a sus hijos contra el otro en la disputa por su custodia. La psicóloga forense Sonia Vaccaro lo considera una ideología sin validez científica que empezó a difundirse tras la aprobación de la Ley de Violencia de Género y es defendida por grupos que se sienten afectados por ella. Vaccaro advierte sobre la anomalía que supone que «tratándose aparentemente de un trastorno, su tratamiento y diagnóstico solo se manifiestan en el ámbito judicial». Pues sí. Resulta, cuando menos, chocante.

El síndrome de alienación parental fue fruto de una ocurrencia del médico Richard Gardner, en 1985, para argumentar a su favor durante el litigio por la custodia de sus propios hijos, sin duda muy predispuesto por sus convicciones e intereses personales. Existen opiniones a favor y en contra sobre su validez científica y la conveniencia de utilizarlo como fundamento de resoluciones judiciales donde casi siempre va en detrimento de la madre. Lo cierto es que ninguna organización científica de referencia, como la Organización Mundial de la Salud o la Asociación Americana de Psiquiatría, le reconocen entidad clínica. Del mismo modo, Save the Children considera preocupante que los juzgados le den crédito sin practicar una investigación exhaustiva por la desprotección que produce sobre los menores.

En España, el Consejo General del Poder Judicial también lo ha invalidado, hasta el punto de negar que sea una categoría clínica y dejarlo reducido a una teoría pseudocientífica; ya en el 2011 instaban a los jueces a no utilizarlo porque podía servir para culpar a las mujeres de los miedos razonables de los niños hacia un padre violento. Y la Asociación Española de Neuropsiquiatría ha calificado el SAP de «castillo en el aire».

Pero no hay manera. Esta ideología ha llegado para quedarse como magnífica aliada de la mentalidad machista. Esa que predetermina a la mujer que denuncia al maltratador como mala-malísima de solemnidad, artera, arpía y capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya, merecedora, por ende, de ejemplar castigo cuanto más si se exhibe ante la opinión pública. Porque algo habrá hecho... Lo increíble -lo inaceptable- es que esta forma de pensar, de interpretar la realidad y de sancionar delitos, esté instalada en la moral personal de quienes deben interpretar y aplicar el derecho sin prejuicios. 

Es muy preocupante que un mal juicio no tenga consecuencias para quien lo emite. Y de lo que tendrán que comenzar a ocuparse los psicólogos, y los políticos que hacen las leyes, es de incorporar otro síndrome, pero este de alienación patriarcal, como circunstancia que pueda invalidar sentencias contaminadas por una ideología de género construida contra las víctimas.

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