En Galicia, parece que fuera una obligación excusarse por el tiempo. Ya lo decía Gabriel García Márquez. Como si hubiera que pedirle perdón al visitante por la lluvia o por la niebla. Como si el verde amaneciera gratis. Ese complejo no existe en Escocia. En aquel norte, el verano es una sucesión de primaveras. Y un día, un rosario de estaciones. El cielo de Edimburgo mostró un inusual azul después del referendo sobre la independencia. «Esta terraza que aquí veis no la montaban desde hace trescientos años», bromeaban los vecinos. En la Royal Mile, esa cuesta empedrada que lleva al castillo, hace unas semanas un artista callejero estadounidense intentaba detener la hemorragia de público provocada por un aguacero insolente: «No se alarme señora. No corra. Créame, conozco este lugar. Aquí funciona así: llueve y de vez en cuando escampa». En Irlanda, con una costa oeste cuyos recortes recuerdan a Galicia, se mira al bañista que se dirige al agua sin el escudo del neopreno como si fuera un astronauta caminando hacia un transbordador en Cabo Cañaveral. Pero las borracheras nocturnas de Galway no se detienen por una tormenta, continúan como si los vasos de whisky y de cerveza estuvieran evaporándose por los rigores de la canícula. Y a los visitantes de otras latitudes, por muy bronceados que lleguen, no se les caen los anillos por subir la cremallera del anorak en los acantilados de Moher, con una capacidad de convocatoria en condiciones de provocar el infarto de cualquier turismofóbico que se precie.

En las islas británicas nunca han ocultado que, allí, el sol que más calienta es el del pub. Sin complejos. Será cuestión de tiempo...

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