Si fuera niño, preferiría ser perro


Abogado y profesor de Derecho Penal, UVigo

El artículo 158 del Código Civil dice que el juez, de oficio o a instancia del propio hijo, de cualquier pariente o del Ministerio Fiscal, dictará las disposiciones apropiadas a fin de evitar a los hijos perturbaciones dañosas en los casos de cambio de titular de la potestad de guarda (…) y, en general, las demás disposiciones que considere oportunas, a fin de apartar al menor de un peligro o de evitarle perjuicios en su entorno familiar o frente a terceras personas. Y añade que se garantizará por el juez que el menor pueda ser oído en condiciones idóneas para la salvaguarda de sus intereses.

Esto es lo que dice la ley en España, pero resulta que si soy un niño de padres divorciados y mi madre se niega a entregarme a un maltratador, resultará que un grupo de psicólogos, sin base científica que los avale, convencerán a algunos tribunales, alegando que mi madre tiene personalidad inestable, realiza actos impulsivos lesivos para mí, tiene dificultades para gestionar el hecho (de entregarme a un maltratador). Lo apoyan en el llamado síndrome de alienación parental (SAP), que está denostado por la comunidad científica más autorizada y rechazado por el Consejo General del Poder Judicial. Así, José M. Aguilar Cuenca, tergiversando el fondo de la cuestión, dice que esa forma de actuar de mi madre es «una de las formas que puede tomar la violencia en el seno de la familia» y que eso es «malmeter». Y deforman la negativa a entregarme a un maltratador, diciendo que ella es la violenta, no el otro.

Silencian que cuando estoy con mi padre maltratador, no existe ningún medio de control de mi situación, no les interesa saber ni tan siquiera con quién vivo realmente, si con la primera, la segunda o la tercera novia de mi padre, ni dónde ni en qué circunstancias. Nada está previsto en los casos de guarda para los niños.

Pero si mi madre alza la voz oponiéndose a entregarme a un maltratador, su actuación se trueca en desobediencia al tribunal, con el argumento de primero cumple y luego ya veremos. A lo que respondo que los experimentos, con gaseosa.

Resulta que el Tribunal Supremo ha establecido la doctrina de que cualquier modificación corresponde al tribunal que dictó la primera sentencia. No entiendo para qué está el artículo 158 del Código Civil, pues no dice eso. Estoy convencido de que resultará muy difícil que el tribunal inicial revoque su resolución, como es normal en los recursos de reposición. Esa doctrina trasluce acaso un cierto espíritu corporativista, destinado a evitar que otro tribunal desdiga lo que el anterior ha dicho y pueda aparecer el error. Y me recuerda aquello de que «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Incluso tienen la desfachatez de decir que es mi madre la que impide ser oído «si se estima necesario», a pesar de que la ley ordena que sea «oído y escuchado». La conclusión es que, en la práctica, lo que se evidencia más importante no es el interés superior del menor (y menos con aquellos argumentos), sino la desobediencia judicial. Y si alza su voz, se le dice que «no tiene razón quien más grita» y que es una «treta». Y yo me pregunto: ¿Qué madre no gritaría en esta situación?

Creo y confío firmemente en la Justicia y el derecho, pero discrepo de ciertas formas de administrarla y de algunas interpretaciones legales. Creo que los tribunales en la democracia tienen que aprender a soportar la crítica, en vez de pedir protección para evitarla.

Si fuese un perro, multitud de ojos y oídos estarían vigilando a mi dueño por si me maltrata: asociaciones protectoras, vecinos, policía e incluso fiscales y tribunales (ver hemeroteca). Pero soy un niño y ese control no está previsto. Si mi madre lo denuncia para protegerme, aunque lo haga fundadamente, se retorcerá el argumento y caerá sobre ella todo el peso de la potestad judicial.

En esta España nuestra, el caso de Juana no es singular, hay muchas Juanas y muchos niños y niñas en la misma situación. Por eso estoy con el Defensor del Pueblo: «En estos contenciosos, nosotros siempre hemos sido proclives a que hay que salvaguardar los intereses de los críos». Y yo añado: y dejar de perseguir a estas madres.

Si fuese un perro, multitud de ojos y oídos estarían vigilando a mi dueño por si me maltrata. Pero soy un niño y ese control no está previsto

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