Contra el terrorismo y contra la CUP


Ocurre cada vez que el terrorismo islamista perpetra una matanza en Europa. Apenas se ha limpiado la sangre y se han retirado los cuerpos mutilados de las aceras, cuando en medios y redes el acento se pone ya en la islamofobia y se advierte de que nadie debe cuestionar al islam porque esos crímenes no tienen nada que ver con esa religión. Esa presión lleva a que muchos se autocensuren y opinen sobre estos atentados retorciendo sus reflexiones hasta el punto de obviar el hecho inobjetable de que se perpetran invocando a Alá. Lo cual, evidentemente, no significa que los millones de musulmanes que hay en el mundo sean responsables. Pero negar la realidad u ocultar que se mata en nombre del islam no resolverá el problema. 

Los atentados de Barcelona no son una excepción. La diferencia es que a esa presión preventiva se suma ahora la de quienes pretenden censurar cualquier crítica al nacionalismo catalán con el argumento de que se utilizan los asesinatos para atacar al independentismo. Y entonces, algunos tienen que hacer ya el ejercicio de funambulismo que supone opinar sobre unos atentados islamistas cometidos en Cataluña sin mencionar al islam ni analizar la actuación del Gobierno nacionalista catalán.

Como no estoy dispuesto a someterme a ese número circense, repetiré que el islam no respeta muchos de los derechos establecidos en Occidente, entre otros los de las mujeres, y que por tanto es tan criticable hoy como antes de los atentados, como lo es cualquier otra creencia. Convertirlo en una religión intocable porque se cometan atentados en su nombre, o no controlar a quienes hacen proselitismo de su versión más intolerante, sería un error catastrófico.

Pero diré también, aún a riesgo de ser lapidado, que el independentismo catalán no solo está ofreciendo un espectáculo lamentable en su respuesta a estos crueles asesinatos, sino que está comprometiendo la imagen internacional de España. Hechos como que el consejero de Interior de la Generalitat diga que entre las víctimas se ha identificado a «dos personas catalanas y dos personas de nacionalidad española»; que la Assemblea Nacional Catalana pida a todos los ciudadanos extranjeros que no usen la bandera española para solidarizarse con las víctimas en las redes y recomiende en cambio que se utilice la estelada, o que los independentistas se nieguen a firmar el pacto antiyihadista y asistan como «observadores», indican hasta qué punto llega la mezquindad de algunos. Pero que la CUP, partido que sostiene al Gobierno catalán, rechace participar en una manifestación contra los atentados diciendo que el rey Felipe VI es «culpable» de los asesinatos, o que la Generalitat se doblegue ante tales tarados e impida que autoridades y líderes políticos encabecen esa marcha para mostrar la unidad de todos contra el terrorismo, como se hace en todos los países del mundo, es algo que sobrepasa todos los límites. Que la respuesta que España vaya a dar en la calle a los atentados pueda estar condicionada por semejantes fanáticos es algo inquietante.

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