Durante más de trescientos años Guam, que entonces se llamaba Guaján, fue para el galeón de Manila lo que Órdes, que antes se llamaba Órdenes, para el Castromil de Santiago. Guam y las Marianas eran nuestras islas del Pacífico, el «lago español». Pero hace nada, en 1898, España perdía sus colonias allende los océanos, Cuba y Filipinas, y se quedaba apenas con las africanas: el Sáhara y Guinea. Estados Unidos es un país que antes no existía. Corea, en cambio, sí. Fue ocupada por los japoneses hasta que perdieron la Segunda Guerra Mundial, y luego se la repartieron Rusia y los Estados Unidos, como Berlín. Desde entonces los del norte han crecido diez centímetros menos que los del sur y están todos escuálidos. Bueno, todos no. Quedan dos gorditos: el presidente Kim Jong Un, y un español dicharachero que vive allí y es feliz.
En Estados Unidos, ya lo saben ustedes, manda el marido de Melania Trump, que tiene una mano como tonta y apetece muy poco que te toque.
El primero de los dos, que tiene aficiones un tanto valencianas, está dedicando el verano a los cohetes, y ahora quiere lanzar dos a Guam. Y Trump mueve la manita y lo amenaza con sufrimientos infinitos. Pero no están solos.
Mientras Mariano y Rufián están en la playa, Nicolás Maduro, que tampoco pasa hambre -como dice Trapiello que ocurría con Alberti y María Teresa León, en el Madrid cercado de 1938- quiere entrevistarse con Donald Trump mientras instala el franquismo en Venezuela. Otras formas habrá de pasar el verano, ¿no? Y es que si no fuera porque juegan con fuego, estos tres fantoches de la política internacional parecerían aquellos Zori, Santos y Codeso.
Maduro quiere entrevistarse con Trump mientras instala el franquismo en Venezuela. Otras formas habrá de pasar el verano, ¿no?